viernes, 25 de marzo de 2011

205. Sobre el dedo, el Anís del Mono y algunas capitales de provincia de gusto dudoso.



Mi último día en la señora capital de la república chilena concidió con una cercanía inusitada, según la gente que sabe de estas cosas, de la luna con respecto a la corteza terrestre. Yo no me sentí particularmente afectado, extraño viniendo de una luna (la anterior) que me había tenido sin dormir y bailando en el pasto como un poseído. Pero como la luna siempre acaba recibiendo su tributo, antes o después, los días siguientes han resultado ser unos días de conflicto interno. Lo resumiré en que mi objetivo principal era, una vez pasada la frontera chileno-argentina y llegado a Mendoza, hacer dedo desde allí hasta San Salvador de Jujuy, en primer lugar para ahorrar la plata que cuesta el pasaje entre estas dos capitales de provincia, y en segundo lugar por el empeño moral de avanzar y hacer camino de un modo alternativo. Al final gasté tanta plata como si hubiese pagado el pasaje porque a menudo había que comer, obviamente, y también dormir en lugares donde no se podía poner carpa. Habiendo fallado el objetivo de consumir poco o nada, y habiendo fallado también la constancia autoestopística (ahí está su ética, y su épica) ya que en dos veces tuve que subirme a un colectivo para cubrir unas distancias difíciles, diré que sólo una cosa redime ambos fracasos, y por suerte es una cosa bastante importante: la experiencia.

De Mendoza, diré que me pareció tan habitable, tan limpia y con tanto eco de ciudad castellana que no me quedó más remedio que salirme corriendo de allá. Tiene una plaza dedicada a España en la que se dan a conocer al transeúnte las actas fundacionales de la urbe, llenas de palabrería atroz sobre lo bien que las gentes originarias de los Andes se habían amoldado al modelo español, hasta tal punto que “ya parecía existir el noble espíritu de la hispanidad” en ellos. O sea, que aquellos indios salvajes les habrían estado recibiendo con las piernas abiertas, la lengua fuera y el lomo contra el piso porque ya sabían que, en el fondo, eran tan españoles como el Cid Campeador. Toda una lección de humildad. Que los mendocinos no le hayan prendido fuego a esa plaza es un misterio que no debo entender.

Al día siguiente saldría a la carretera, inaugurando así un nuevo ciclo de ‘viaje a dedo’ después de mis intentonas frustradas en Chile. Tuve cuatro conductores distintos hasta San Juan. Los dos primeros me ayudaron en distancias cortas: un chofer de una pequeña empresa de transporte escolar que tal vez me tiró onda o tal vez no; un camionero que nunca había conocido a su verdadero padre hasta hacía muy poco pero que no podía confesárselo porque su padre no sabía que él lo sabía, o algo así; un joven empresario muy orgulloso de haber resistido la crisis y devaluación de la moneda porque ahora tenía un auto y conocía a gente que tenía hasta tres y cuatro autos, y no como los pobrecitos que se fueron a España y acabaron siendo mozos mal pagados o reponedores en Carrefour; y un gendarme al que no le gustaba nada el frío. El gendarme me dejó en el puesto de control policial donde trabajaba, y para mi sorpresa, he de decir que los mejores lugares para ponerse a hacer dedo en Argentina parecen ser los controles policiales. No es raro que un conductor se fíe de ti al verte alzar el pulgar en un lugar tan ‘seguro’ para la psique popular, pero sí es raro que los propios gendarmes te ayuden a parar autos y gestionen la tarea en tu nombre.

(Nota: en general, creo que los locos o ‘los que han sido llamados’ me despiertan una mezcla de simpatía y envidia, salvo cuando arruinan mis oportunidades de hacer dedo, como sucedió con un personaje indescriptible de voz gangosa a la salida de una gasolinera. Lo que podría haberme tomado con un divertido revés no pudo ser así; tal vez el sol pegaba muy duro o tal vez no tenía ninguna gana de encontrarle la diversión a un borracho que repetía en espiral la frase “No te va a parar nadie”, como esperando que yo fuera el tipo de persona que lo cagase a piñas. Me gustaría tener más paciencia. Ya he adquirido un poco, pero el dedo saca a veces lo peor de ti y te das cuenta de lo mucho que te queda por aprender todavía).

San Juan es una ciudad que perpetúa la estela castiza dejada por su vecina Mendoza, aunque ésta disimula mejor sus avenidas comerciales con acequias siseantes y arbolitos hermosos. Eso hace de San Juan, a mi modo de ver, un lugar algo más auténtico, y es que las ciudades deben ser ciudades, es decir, deben mostrar crudamente de qué están hechas. Fue aquí donde empecé a no saber hacer muy bien las cosas, y es que la salida de San Juan es difícil y la ruta a La Rioja no se parece en nada a una línea recta, lo que se traduce en un bonito chantaje que tu desánimo recibe al tiro y termina en pequeña concesión al transporte convencional.

Mis mejores momentos en San Juan fueron en la biblioteca, donde me senté a esperar y a leer algo de no más de doscientas páginas y acabé literalmente vapuleado por la psicosis narrativa de ‘El túnel’ de Ernesto Sábato. También leí el retrato que le hizo Truman Capote a Elizabeth Taylor; curioso acordarme de ella y leer algo sobre ella un día antes de su muerte, pero los sucesos siempre se dan así. Tras el silencio del libro y el rugido de las plazas públicas tuve un encuentro muy gracioso en una tienda donde una señora de ojos pequeños como ombligos y un acento algo extraterrestre me preguntó

¿De dónde sós?
De Asturias.
Ay, como el príncipe.
No, yo soy anti-monárquico.
Yo también, joven. Fijáte que yo viví en Madrid en el año 75, y éramos todos un grupo de argentinos que querían hacer la revolución y cambiar el mundo, ni más ni menos… ¿Por qué te cuento esto?
No sé.
Porque acabo de recordar que Franco estaba muy enfermo ese año, sí, pero el hijo de puta no acababa de morirse, y nosotros hacíamos turnos para dormir mientras el que se quedaba despierto guardaba intacta una botella de Anís del Mono, y pasaban los días, y no se moría el concha- su- madre, y al final se fue a morir a la seis de la mañana y no tuvimos más remedio que desayunar anís. Pero lo desayunamos.
Mucha gente debió desayunar anís el veinte de noviembre del 75.
¿Te trata bien mi país?
De diez.
Buenísimo.




La siguiente parada en el camino fue La Rioja, situada en uno de los tramos con más personalidad de toda la precordillera andina, especialmente al amanecer. Confudirme una y otra vez con los autobuses urbanos, y recorrer las villas miseria con legañas en los ojos y la casa a cuestas, tuvo su lado positivo al ser testigo, mientras tanto, del amanecer más hermoso que yo recuerde. Nunca he visto ascender el sol con semejante fuerza y redondez.

Ya no he vuelto a ver el sol desde entonces. Unas nubes del este cubrieron el cielo y, lo que es peor, los montes que siempre voy dejando a mi izquierda y que tan buena compañía me hacen. Mi siguiente camionero, no obstante, puso la mejor de sus ondas al mal tiempo y me sacó de La Rioja para dejarme en San Miguel de Tucumán. Bendito sea. La conversa tardó en agotarse porque éste era un argentino locuaz, uno de los pocos que no atormenta con las típicas preguntas sobre mujeres y, por suerte, un mateador en busca de alguien que le cebase durante la ruta. Nos fue muy bien, hablamos harto de nuestras vidas, descubrimos al mismo tiempo (para él también era su primera vez por allá) el increíble cerro montañoso que separa Catamarca de Tucumán, donde el clima tropical empieza a hinchar los troncos de los árboles y a espolvorear la alta meseta con inmensos cañaverales de azúcar, o zafra, y por si fuera poco, una vez llegados a nuestro destino me llevó hasta la aduana, donde vi cómo pesaban la mercancía y también cómo eran los barrios bajos de las cada vez más tercemundistas ciudades del norte argentino (tuve una seria regresión a la India y a Nepal, sobre todo a Nepal, con la diferencia de que las calles acá son algo más nocivas para la integridad y para la billetera).

Llovía sobre el asfalto abultado de Tucumán y una turbiedad casi ultraterrena caía en riadas grises calle abajo. Me enamoré al instante: Tucumán es sucia, grotesca, contrastada, es decir, urbana. Ni el clima ni el peligro que conlleva poner una carpa en las afueras me dejó más opción que acudir a un albergue. Allí empezaban a abundar los porteños en su peregrinaje para ver al Indio, es decir, al mitificado cantante de Patricio Rey y sus redonditos de Ricota, más conocidos como Los Redondos. Algunos de estos fans parecen salidos de una secta, son tan peligrosos como las sacerdotisas de Eva Perón, que todavía abundan, y no dejan de menospreciar al grupo de rock rival, Soda Sterero, argumentando que son unos chetos, es decir, unos pijos. Y eso te lo dice alguien que ha volado hasta el norte del país en Aerolíneas Argentinas. Bravo.

He intentado que me interese el Indio, pero la verdad es que no estoy ni ahí. Que mi amigo el señor Loiotile me perdone. Charly García sí que me inspira un poco, pero puestos a escoger, soy más de la música gaucha que del mencionadísimo rock nacional.

El bajón más importante vendría al día siguiente. Me levanto. Desayuno por tres porque las tarifas del albergue (y su mal gusto) lo merecen. Afuera sigue lloviendo. Me tomo una micro hasta Benjamín Paz, donde me vuelvo a ubicar a la salida de una estación de servicio mientras el viento frío eriza los pelos de mis piernas. Nada. Familias y más familias que aprovechan los días feriados para ver Salta, ver al Indio, ver la quebrada de Humauaca, verse a sí mismos, o no ver nada en absoluto, mucho menos a un joven sin afeitar que hace dedo en mitad de la campiña. Como un menú del día sorprendentemente barato en la gasolinera ante la ausencia de galletitas saladas en mi mochila. Decaigo. Soy incapaz de salir de nuevo a la carretera con el estómago lleno. Miro a la nada, y la nada me mira a mí. Pienso en que mi amigo Lugrin es tan malo para el dedo como yo, pero eso no me consuela. Un cordobés llega en su moto y me pregunta si voy a ver al Indio. El acento cordobés es más indescifrable de lo que imaginaba. Me invita a fumar un cigarrillo de los de la risa y eso alivia la tarde pero tomo la decisión tonta de volver a Tucumán porque pienso que los autobuses directos van a ser más baratos que los que van pueblo por pueblo. Me equivoco, como intenta decirme el cordobés buena onda, pero yo no le hago caso porque estoy a punto de perder la micro que pasa por allí y hay momentos en que la rapidez mental no me funciona. (Nota: hay que ejercitar la rapidez mental; es un atributo importantísimo). Vuelve a llover. El buen faso de Córdoba me relaja y tengo buenas alteraciones de la percepción durante las siguientes tres horas. Consigo un pasaje económico para Jujuy, por fin. Y me siento a esperar y a divagar inútilmente sobre mis contradicciones.

Ya estoy en Jujuy. Llevaba mucho tiempo soñando despierto con este lugar y lo que podría dar de sí, pero ahora estoy cansado y necesito unos cuantos días de campo y montaña para poner en orden mi cabeza. Lo que pase a partir de ahora es difícil de saber. Qué bueno, y qué difícil a veces, es estar de vuelta en el regazo de tantas incertidumbres.

Salud.

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