martes, 21 de diciembre de 2010

182. Cuaresma.




'El arte debe servir para la liberación de los individuos, y a la mierda con lo demás',

Federico Elías Lugrin.



Mientras subía la picada que conduce al valle del Azul un bulldog me salió al paso y me mordió el tobillo, sin que pudiera reaccionar ni tirarle una piedra. Era la primera vez que un perro me mordía. Sólo recuerdo que era feo y circunstancial, como tantos perros con los que uno no se implica, como casi todo lo que nunca nos concierne. Eso y que me rompió uno de los pocos pantalones que tengo.

Ya era casi de noche en el valle pero me sabía el camino de acceso a la chacra ‘Valle Pintado’. Álex se asomó desde la cocina y me recibió con un entusiasmo inusual. Se ve que necesitaban un par de manos. Los caballos del vecino, Don Gregorio, habían vuelto a entrar en la huerta y lo habían dejado todo hecho un quilombo. Además, todavía quedaban camas por hacer antes de cerrar la siembra anual, y alguien debía ocuparse de las gallinas. Así fui nombrado “guardián de las aves”, antes incluso de posar mi mochila en el piso y sentarme a cenar con Alex, Fede y Jon, las tres presencias más o menos constantes en la granja.



El guardián de las aves.

Ser guardián de las aves implica dar de comer y beber a un harén de gallinas y a su gallo, arrojar un maíz simbólico a cinco gansos que andan por ahí mostrando una lengua rígida y negra, juntar los huevos del día, envasarlos, ponerles fecha, limpiar la caca con perezosa regularidad, arreglar los deperfectos del gallinero si los hubiere, y poco más. En la práctica también sería guardián de los perros y el gato y a poco estuve de ocuparme también de Rosa, una vaca muy hermosa y con la misma personalidad de una diva huracanada. Si no tenías onda con ella, imposible llevarla de vuelta al establo. Lo intenté una vez. Estuve esperando un rato a que se dignase a seguirme mientras ella protegía a su ternero con una astuta mirada de desprecio. Al menos ni me pisó ni me corneó. Esa tarde hacía frío y mis débiles “¡ADELÁNTESE, ROSA!” fueron transportados por el viento a alguna región indiferente del bosque. Fede lo hacía mucho mejor. Él chillaba ‘¿Qué es eso de la rebeldía?’ o ‘¿Qué es eso de rascarse?’ por todo el valle y Rosa, siempre muy suya, acababa accediendo a moverse.





No es difícil tener una gallina favorita, y la mía era la paria del gallinero, Goldie. Su genética no era tan buena y por ello, en vez de patas, tenía una especie de costra blanca con unos tímidos salientes a modo de pezuñas. Eso no gustaba nada a sus compañeras, que la vetaban a la hora de comer y le picoteaban la cabeza. Por eso se decidió sacar a Goldie al exterior y dejarla a su aire, como una mascota más de la granja. Cuentan de un voluntario anterior, llamado Jeremy, que también se encariñó demasiado con una gallina hasta el punto de masajearle las patitas todas las mañanas porque estaba enferma. Esta situación tan tierna degeneró en que una mañana la gallina dejó de moverse en mitad de su sesión terapeútica. Lo mismo un susto como un orgasmo pudo haberla dejado en el sitio, pero quiero pensar que la gallina de Jeremy murió de placer.




Michay y Goldie, la gallina malquerida.















Alguien con muchas pretensiones místicas decidió llamar Tao a la perra de la granja. El invierno pasado tuvo dos cachorros, Michay (que no sabe que se llama Michay) y Pirata. La progenie de Tao parece, de momento, más interesada en revolcarse y morderse y descubrir el sexo. Son unos animales alegres y agradecidos pese a que demasiada gente se ha “olvidado” de darles de comer en el pasado. A menudo me tumbaba a leer sobre pequeños rectángulos de pasto entre los zarzales de rosa mosqueta o a la sombra de un radal y Tao me encontraba, implacable, seguida de sus juguetonas crías, y los tres esperaban con paciencia a que terminase de hacer mis cosas. Todavía veo a Tao echada a pocos metros de mí, mirando con una tranquilidad irreal algún punto del bosque, solemne y eterna como una esfinge.




En el aire, con los pies en el valle.

Este valle ha sido mi casa durante los últimos meses.


La chacra comunitaria Valle Pintado tiene una huerta que se sustenta con la aportación económica de diez o doce asociados que, a su vez, reciben una caja semanal con verduras, lácteos y productos de elaboración artesanal como chucrut o cerveza de jengibre. Algo que no duda en presentarse al resto del mundo como “espacio comunitario” es, en realidad, el proyecto agrícola de una sola persona (Alex) que precisa de voluntarios nacionales o extranjeros para llegar a buen fin, ya que ningún asociado pasa por allí muy a menudo a agarrar una pala, ni siquiera a buscar las cajas de comida que se le preparan. Por supuesto que las paga, qué duda cabe. Pero, ¿por qué no buscarle fisuras a un sistema económico alternativo que reproduce sin pretenderlo muchas de las claves de actuación del capitalismo?

Es la gente invisible tras esa granja de ensueño la que restaba encanto y autenticidad a nuestra labor diaria. Catalina Marrone (qué gran nombre), una voluntaria de La Plata que duró allí dos semanas, pensaba encontrarse con una actividad, efectivamente, más comunitaria, y también orientada a prácticas ecológicas-orgánicas más extremas, como las de Fukuoka. Enseguida vio que aquello iba por otro lado, que el proyecto era interesante pero cerrado en sí mismo, con poco ánimo pedagógico y mucho menos de integración social. Yo creo que supe (y quise) apreciar la oportunidad que tuve de aprender y traté de no juzgar demasiado las tendencias y actitudes de la izquierda agraria. No es fácil mantener una huerta de media hectárea con animales y un potente sistema de riego sin comprometer en ningún momento la coherencia de tu “proyecto comunitario”, y en vez de criticar tal vez habría que responder con una acción alternativa.

Fede y Alex, las dos cabezas de la granja
(aunque posiblemente Petiso, el caballo, también tenga mucho que decir).


Alex es un chico muy organizado, de tal forma que era difícil no saber cómo iba a desarrollarse el ciclo semanal, al menos en su estructura. Los lunes teníamos caminata de campo, que consistía en pasear por la huerta y hacer observaciones, por irrelevantes que parecieran, para detectar nuevas plagas de insectos, reacciones de la tierra o de las plantas, éxitos y fracasos de nuestra labor y también cosas que se escapaban a nuestro control, como el florecimiento vertical de los lupinos o la polinización de las caléndulas. Yo tuve que hacer de guía dos veces y apenas me atrevía a decir algo sin que sonase a una pregunta. ¡Si hasta tardé tres semanas en saber qué teníamos plantado en cada cama!


Caminata de campo: Cata, Lugrin y yo nos volvemos locos
ante el primer indicio de vida vegetal en la plantación de papas.
















Los martes eran días de trabajo normal en los que avanzábamos con las tareas urgentes / pendientes que habíamos detectado el día anterior. Alex y Fede ordeñaban a Rosa a eso de las siete y media y yo preparaba pan de chapatti para el desayuno con resultados que irían de incomible a correcto e incluso sabroso (como cuando empecé a incluir pipas de girasol o polenta en la masa). Luego nos sentábamos con el mate y nos calentábamos las manos y la boca. La mañana se iba en abrir zanjas para camas nuevas, o en juntar bosta de vaca o de caballo, o en azaditas al pasto, o en desyuyes, o en cualquier otra cosa que o bien te deleita o bien pone a prueba tu paciencia. Como las primeras horas de la mañana son las más activas y felices, Fede y yo las aprovechábamos y hacíamos el trabajo más cansado mientras hablábamos de política, el gran tema de conversación de esta época de cuaresma, casi el único tema de conversación. A la una comíamos y luego había siesta, aunque si podía mantenerme despierto prefería leer o bajar al río Azul a beber un poco de agua. Los destellos de luz sobre la corriente eran una alegría fugitiva. A las cuatro emprendíamos de nuevo las tareas, pero ya a medio gas, con más ímpetu que fuerzas y a veces con ninguna de las dos cosas. En un momento del día en que la tierra ardía bajo el sol con todos los colores y las sombras imaginables, había que detenerse y recostarse sobre las piedras o el polvo y ver el amor infinito con que había sido hecho todo. A las siete y media empezaban los preparativos para el aseo personal (cuando lo había, porque uno aprende a no lavarse más de lo estrictamente necesario, sobre todo si eso implica calentar calderos de agua y desnudarse en un cubículo por el que entra como Pedro por su casa el viento frío de la cordillera) y la cena, casi siempre a la hora rosa del día o ya entrada la oscuridad, a la luz de dos velas. De vuelta a la cabaña donde dormíamos Fede y yo, con una mezcla de infusión y pasta dentífrica en el organismo, nos dejábamos observar por las constelaciones y las siluetas oscuras de los caballos. La llama de una última vela alumbraría por media hora más páginas de algún libro, la poesía completa del santo sufí Hafiz o los cuentos de Juan Rulfo o la correspondencia de Romain Rolland o nada, porque a menudo la mente no se detiene en nada.















Los miércoles eran días de cosecha. Por ello madrugábamos un poco más, al menos en la teoría, e intentábamos juntar todas las verduras de hoja antes de la salida del sol: lechuga, acelga, mizuna, rúcula, kale, remolacha, radiccio. También nabos, rabanitos y arvejas, éstas últimas mis favoritas indiscutibles porque fueron las primeras plantas con las que laburé, poniéndoles hilo para erguirles el tallo. Luego las lavábamos y las pesábamos y las metíamos en cajas, una por cada asociado. Mi aportación especial a los productos preparados era el yogurt, del que estaba bastante orgulloso, aunque no es nada difícil preparar un buen yogurt y me hubiera gustado más especializarme en queso o cerveza. Las cajas las cargábamos en un carromato y las acercábamos hasta la tranquera más cercana, donde habría un asociado o un remisero esperando. Creo que ésta era una de las tareas más agotadoras de la semana porque la hacíamos a pleno sol y porque el último tramo era en cuesta y había que cargarlo todo en los hombros (y luego llevar de vuelta a la granja sacos de maíz o de trigo o de centeno o de comida de perro de cuarenta kilos).











Apenas había nada que diferenciase los jueves y los viernes, al ser jornadas de trabajo normal, así que yo me tomaba uno de esos dos días para bajar al pueblo a la tarde, conectarme a Internet, llamar por teléfono y visitar a Juan Cruz y su familia. El camino al pueblo cansaba un poco pero siempre era mejor que pagar un remis y, además, había pasajes oscuros y claros bucólicos que dibujaban a la perfección ese bosque de cuento de hadas en el que he vivido, sacado de un ilustración de un cuento de los hermanos Grimm pero sin amanita muscaria creciendo bajo los árboles (oh, la amanita).






Nuestra cabaña en el bosque, fría, dulce y comunitaria.

El sábado era un día relajado en el que podía bañarme en el río, si aguantaba las bajísimas temperaturas del agua por más de diez segundos. Y el domingo teníamos mañana de limpieza en los espacios comunes, amenizada por alguna emisora de radio local que programase música gaucha de José Larralde y otros (todavía recuerdo el especial que le dedicaron a Violeta Parra) o chamamé, tango y pasodoble. En Radio Alas (la emisora “zurda” de El Bolsón) un locutor impagable leía su guión con resaca del día anterior y se atragantaba con la yerba del mate. Acabé por memorizar toda su publicidad: “…hay una historia… para cada uno… Alas… en el aire… con los pies en el valle…”




Cosa de Mandinga.

Vivir en un bosque que parece animado por fuerzas indómitas conlleva alguna que otra incursión en el esoterismo, verbal o no. Nuestra historia favorita es la de Mandinga, que al parecer nació como la némesis de un famoso gaucho de ficción, simbolizando el progreso y el advenimiento de fábricas y maquinaria que reemplazarían al hombre. Mandinga, con el paso de los años, se convertiría en un ente demoníaco, y a día de hoy todos saben que vive en el pitranto (los bosques de pitra son verdaderamente surreales) y que no puedes cruzarlo solo de noche. Así, si un cristal se rompe o si la vaca pone un huevo o si un mate se cae al suelo, lo más probable es que sea ‘cosa de Mandinga’, y entonces ya no habrá salvación para tu alma.

A menudo jugábamos a los relatos comunitarios (¿la más auténtica actividad comunitaria que emprendíamos?) en los que uno empezaba a contar una historia inspirado en una premisa tal que ‘Una mujer corre descalza’ o ‘Dos luces amarillas aparecieron en el cielo’ y el resto teníamos que continuarla y suspender los acontecimientos en algún punto álgido de la narración. Mandinga siempre acababa apareciendo, como demiurgo o consejero, y la verdad es que nos recagábamos de risa cada vez que se lo mencionaba atravesando paredes o pidiendo permiso antes de hablar con sus víctimas.

Otros seres adorables de la mitología popular son los pamperitos, duendes que te silban cuando vas caminando por el bosque y a los que si tienes la desgracia de mirarlos a la cara les dará por perseguirte y lanzarte en caída libre al infierno. No soy muy fan de los pamperitos, pero se dice que se les puede chantajear con cigarrillos. Obviamente, de esto último sí que soy fan.

A menudo este tipo de distracciones producen encuentros interesantes con una suerte de “irrealidad”. Un día, de vuelta a la cabaña, me quedé paralizado al ver a cuatro caballos rodeando un imponente radal en un círculo perfecto. Estaban asombrosamente quietos, como si hubiesen estado aprisionados por un lienzo. Quietos, quietos. Algunos me miraban. La mirada vacía de un caballo. Cuentan que estos mismos caballos despertaron a uno de los asociados mientras estaba echando la siesta bajo un ciprés. Locos de furia desenterraban algo con sus pezuñas, tal vez el péndulo maldito del que este hombre había intentado deshacerse. Y no puedo seguir porque todo esto son historias del valle, y una se enlaza con otra, y aunque no haya mejor medio de conocer a una comunidad y sus costumbres no es este el momento ni el lugar para hablar en profundidad de los caballos poseídos de Don Gregorio, de las estrellas que se desvanecen, de las niñas invisibles que cantan en las noches de luna creciente, de Mandinga…

Sí que os referiré que una noche, cuando Cata se vino a dormir con Fede y conmigo a la cabaña, tuvimos una experiencia religiosa con el fuego. O mejor dicho, fue Cata la que la tuvo y tuvo la generosidad de transmitirla. Se quedó prendada de la llama que había encendido para leer, y pronto habló de unos brazos que salían de ella. Estaba encantada con esos brazos, hasta que de pronto crecieron y crecieron y llegaron al techo, y en el techo se formó una especie de tela dorada, y entonces los brazos se dirigieron a ella, y Cata, que había estado verbalizando toda esta alucinación entre onomatopeyas indescifrables, se puso a llorar y a reir a un mismo tiempo y cerró los ojos y todo se desvaneció. Yo no entendía nada. Cuando se tranquilizó, Cata nos dijo que no era la primera vez que veía cosas, pero que nunca le había pasado con el fuego. Tuvo miedo de seguir con los ojos abiertos. Yo tuve miedo, por un momento, de su salud mental. Luego la envidié. Y luego me quedé dormido y tuve uno de los mejores sueños de mi vida.














Lugrin.




Federico Elías Lugrin (otro nombre para la posteridad) ha sido mi gran compañero en la granja ‘Valle Pintado’. He compartido con él más palabras de las que jamás pensé que podría decir, le he admirado profundamente, también me he dejado decepcionar, y al final (que no es el final de nada) Lugrin y yo hemos acabado por comprendernos. Y ese camino que nos ha juntado se prolonga todavía y dibuja su trayecto hasta Chile, y desde ahí ya nadie sabe. Porque Lugrin y yo tenemos unas ideas bastante afines sobre política y revolución y ambos estamos a punto de ser recibidos por una comuna anarquista en Melipeuco, muy cerca de la frontera con Argentina, todavía en los Andes, y (esto es casi lo mejor de todo) en territorio mapuche. Pero empecemos por el principio.







Lugrin terminó los estudios secundarios pero no recuerda nada de ello porque entre los catorce y los dieciocho años abusó de casi todas las drogas que tienen nombre e incluso de algunas que todavía no están catalogadas, desde el pegamento de la clase obrera hasta la cocaína de la jet set, pasando por los nunca suficientemente entendidos hongos alucinógenos y las peligrosísimas infusiones de estramonio (que, como la mandrágora, la belladona y el beleño, tiene unos principios psicoactivos impredecibles). Después se hizo abstemio y entró a trabajar en distintos empleos industriales, de los cuales salió con la idea de que este sistema no podría ser más decadente e inhumano ni aun intentándolo. Y se hizo voluntario en cooperativas y chacras orgánicas. De granja en granja procuró auto-educarse, leer manuales y libros de política, hablar con mucha gente, y así llegó a la conclusión, compartida por mucha gente a lo largo del planeta, de que la única revolución posible es fundamentalmente agraria. Aunque no hay que tener una mente muy despierta para darse cuenta de que todos acabaremos volviendo al campo en veinte o treinta años, lo que posiblemente desencadene una guerra triste y necesaria, es increíble que los veintitrés años de Lugrin hayan germinado de esta forma, sobre todo teniendo en cuenta que todas sus conclusiones son fruto de la observación y de una voluntad incorruptible por aprender, a menudo en medio de situaciones muy adversas (la falta crónica de plata para moverse de un sitio a otro e incluso para llevarse algo a la boca).


-Bueno, Lugrin, ¿cómo queremos que sea nuestra sociedad?-.
-No jerárquica-.
-Sí, ¿y qué más? Hablemos de acciones. Ya sabemos que los reyes y los políticos sobran. ¿Qué sucede con la gente después? ¿Cómo se toman las decisiones? ¿Qué sucede con la gente que no quiere tomar decisiones?-.
-Tendrá que tomarlas-.
-No veo que eso sea tan sencillo-.
-Es una sociedad de sociedades; pequeños núcleos agrícolas autosuficientes que toman decisiones por y para sí mismos-.
-¿Cómo de pequeños? ¿Cuál es el límite?-.
-¿Por qué tendría que haberlo?-.
-Porque una tierra, por buena que sea, no puede mantener a un número indefinido de gente. Por no hablar de aquellos que tengan que trabajar un suelo pedregoso porque no pueden acceder a una chacra en mejores condiciones. ¿Qué creés que harán ellos?-.
-Irse a un lugar con más recursos. Fundar algo ellos mismos. No se negará la educación en una granja comunitaria a cambio de trabajo. Luego, cada cual que haga la suya-.
-Tenés demasiada fe en la integridad y la responsabilidad moral de las personas-.
-Es que es todo un ejercicio de voluntad-.
-Sí. El triunfo de la voluntad. Vale tanto para el fascismo como para el anarquismo. Y eso es peligroso. Es como si te planteás un hipotético intercambio de bienes por algo del mismo valor simbólico o por fuerza de trabajo. No estamos biológicamente capacitados para una convivencia así-.
-¿Y qué? ¿Cuál es la alternativa? ¿Vas a dejar de intentarlo porque no confiás en las personas?-.
-No digo eso. Intento no atascarme con las ideas y pienso en problemas. La divivisón del trabajo en nuestra pequeña sociedad agrícola, por ejemplo. ¿Cómo sería?-.
-Las tareas del día a día crean comisiones de trabajo. Una comisión agrícola dedicada al sustento de la comunidad. Otra comisión a la que se podría llamar ‘Tecnología del fuego’, para leña y derivados.
-Tala, refosteración de bosques…-.
-Sí, y construcción de hornos para el mantenimiento del calor. Esta comisión trabajaría conjuntamente con la sección de carpintería de la Comisión de Infraestructuras-.
-Que sería la más compleja y la más copada de todas-.
-Sí, pero las infraestructuras, una vez quedan hechas, ¿qué más trabajo requieren? Una vez tenés la casa, el sistema de riego, los baños secos, los establos… ¿qué más vas a hacer más allá de mantenerlos periódicamente?-.
-Entonces sós un revolucionario sedentario. No pensás en estructuras móviles o en asentarte en distintos lugares por necesidad-.
-¿Por qué iba a tener que vivir en muchos sitios?-.
-Pues porque si no creés en el consumo lo más lógico es que tomes una tierra. No pasa nada con tal de que no hinchés mucho las bolas, pero si lo que querés es influir en la gente, ayudar a otras comunidades y no quedarte en una burbujita utópica, entonces vas a hinchar las bolas. Y entonces vendrá un delegado del gobierno regional de turno a decirte que esa tierra no es tuya. Y vos dirás que la tierra no es de nadie y blablabla y podés resistir pasivamente o moverte a otro sitio. Por no hablar de que si esto trasciende a una escala mayor, hablamos ya de peligros mayores. Y la gente que se implica con vos tiene que saber esto. Tiene que saber que una vida así es peligrosa-.
-No sé por qué estamos hablando de eso-.
-Es necesario-.
-¿Quién iba a querer echarme de ningún lado? Yo sólo quiero trabajar la tierra-.
-Te lo digo de buena onda, pero sós un poco ingenuo-.
-Sí, y estúpido e infantil, ya lo sé…-.
-Eso lo estás diciendo vos, no yo-.
-Creo que hay otras prioridades. Y abandonar una tierra por otra es sacrificar a toda tu comunidad al hambre-.
-Sí, estoy seguro de que si alguien quiere echarte de donde estés es precisamente en eso en lo que va a pensar-.
-Me recagaste ahí-.
-Creo que son cosas que hay que tener en cuenta-.
-Dale, pero sigo viendo otras prioridades. Aprender bien todo lo concerniente al cultivo, a las herramientas, a la construcción… Luego ya hablaremos de una Comisión de Defensa-.
-No creo que haya que pensar en una Comisión de Defensa. Es sólo resistir o moverse. Escoger entre un aprovechamiento pobre de la tierra por un ejercicio ¿transitorio? de supervivencia o un aprovechamiento ideal que obligaría a preservarla, y de ahí tal vez a defenderla o a asumir las consecuencias de tus actos-.
-Prefiero pensar en la divisón de trabajo y en cosas como la educación-.
-¿Quién se encargará de la educación? ¿En qué se basará? ¿Será una educación para la perpetuación del sistema, tal y como está entendida hoy?-
-De alguna forma tendrá que serlo. Pero incluirá un aprendizaje práctico para que todos puedan servirse y valerse por sí mismos. Habría un par de personas encargadas del grueso de la educación, pero la idea es que todos sean educadores y educandos-.
-Mmm..-.
-¿Qué quiere decir eso?-.
-Nada. Sólo pienso. Hay muchos callejones sin salida. Demasiados. Pero es bueno verlos, supongo-.
- Con una sociedad en la que todos tienen un mínimo conocimiento de todo y todos trabajan para un bien común, habrá tiempo libre para un desarrollo personal, para el ejercicio y el disfrute del arte…-.
- ¿Y la vestimenta?-.
-Se puede sembrar lino, cáñamo, algodón…-.
-…lana, con lo que eso implica…-.
-¿Te parece muy fantástico?-.
-Fantástico, no. Difícil. Pero fantástico no, nunca-.
-La plata es fundamental para un golpe inicial, porque de entrada, no vas a tener alimento, y las primeras infraestructuras cuestan. Sólo piensa, por ejemplo, en las herramientas y las semillas. Pero entre el trabajo que desempeñen algunos integrantes dentro del sistema, el desvío de plata de algún organismo de ayuda internacional o sociedades benéficas y los bienes que alguno o algunos ya hayan adquirido… podría empezar a hacerse algo. Eso sí, la educación para el respeto y el cuidado de los materiales es básico, a no ser que quieras formar una Comisión de Metalurgia…-.
-Sería necesaria a largo plazo, como los telares o los aparatos propios de una artesanía funcional-.
-A largo plazo, dale-.
-¿Y cómo vas a sustituir al Poder Judicial? ¿Qué pasaría si dos personas en tu comunidad se cagan a piñas y uno mata al otro con una azada?-.
-Sós un peliculín…-.
-No sé. ¿Qué hacés? ¿Le echás de allí?-.
-Ayuda mutua o separación temporal. Eso entraría dentro de la educación, obviamente-.
-Claro. La educación lo es todo. Por eso creo que estamos jugando con definiciones vagas-.
-Nunca he dicho que mis ideas sean maduras. Sólo estoy aprendiendo a cultivar la tierra-.
-¿Y si alguien se despeña por un barranco o es mordido por una víbora o se corta accidentalmente una pierna? ¿Qué hacés?-.
-Se le intenta curar con remedios naturales. Y si no se puede, no se puede. Tampoco hacen milagros en los hospitales-.
-Entonces no llevarías a un moribundo, y ni siquiera estoy hablando de un familiar tuyo, a las puertas de un hospital. Nunca. Eso sería rendirse-.
-Desde luego-.
-Puedo aceptar muchas cosas. Puedo aceptar que el espectro audiovisual es prescindible en una revolución de estas características, que todo lo que he estudiado y he amado tanto se desvanece en una sociedad así. Casi lo he asimilado ya. Casi he asimilado que si me decido a vivir de esta forma nunca volvería a ver una película ni volvería a escuchar la voz de Roy Orbison. Por puro principio, tal vez, aunque quiero creer que es por responsabilidad moral. Pero lo que no puedo aceptar es negarle a alguien a quien quiero una ayuda vital sólo por principio. No dejaría morir a nadie por principio-.
-Ahora el ingenuo sós vos-.


Lugrin es el compañero del mate y de la conversación infinita. Un chico nacido en Tigre que no para de recordarte que él va ‘de buena onda’, un poco por miedo a no ser aceptado y otro poco por hinchar las bolas. Un pensador voluble con el que en más de un momento he tenido que desentenderme porque pensaba (y pienso) que no tiene las cosas claras. Pero, ¿quién las tiene? ¿Cómo de válidos son nuestros juicios, más o menos fundados, sobre las personas con las que vivimos? ¿No tenemos que estar por encima de todo eso y, sin más, empezar a vivir?







Después del desierto.

Un día celebramos Acción de Gracias y matamos un ganso para la ocasión. Mientras Alex le tapaba la cabeza como a los reos en los pelotones de fusilamiento, el resto de gansos miraban desde la pradera cercana y graznaban algo al viento. El cuchillo entró en su cuello, la sangre bajó al caldero en espesos goterones y sus alas abrazaron el aire, lo amasaron, hasta dejar escapar el alma.

Otro día ayudamos a Jon a levantar su ‘yurt’, que es una estructura típica de los desiertos mongoles y relativamente sencilla de construir. Al terminar tomamos mate y comimos pizzetas. Los perros dormían en alguna sombra cercana, tamborileando el piso con la cola.





En una semana de lluvia ininterrumpida se pueden aprender muchas cosas, entre ellas a perfeccionar la técnica del pan o a hacer ñaco, que es un desayuno gaucho muy nutritivo y que consiste en dorar la semilla de trigo hasta que adquiere un color marrón grisáceo y luego molerlo muy fino. El polvo se mezcla con agua caliente o leche y necesita bastante azúcar para suavizar el amargor.

Un atardecer vino Nacho, ‘el vecino buena onda’, con su hijo pequeño, Simón, y jugamos al ‘Veo, veo’, que tiene una cantinela inicial ligeramente distinta al ‘Veo, veo’ de España. Simón abría mucho los ojos y se tragaba con ellos la luz de las velas. Luego hicimos figuras con cáscaras de huevo partidas, y leímos en voz alta un libro maravilloso de plantas medicinales gracias al cual he podido idenficar el ajenjo, la milenrama, la menta, la mejorana, la salvia, la melisa. Por un momento pensamos que las amapolas del jardín podrían ser, en realidad, adormideras, y que por tanto podríamos extraer opio del bulbo. Pero fue una falsa alarma. El viento entraba por el plástico roto de la ventana.





Una mañana me fui de la granja sin apenas tiempo para mirar por última vez todo lo que dejaba atrás. Un conocimiento tan íntimo y estrepitoso de mí mismo que ha justificado no sólo este viaje, sino todos los viajes que he hecho hasta ahora, en tanto que me han traído acá. Alex me dijo que me llevase la luz conmigo. No es una despedida muy afortunada, pero se trata de palabras, al fin y al cabo, y el patrón ya me tenía más que acostumbrado a su misticismo. Crucé el pitranto, salté la tranquera, y Petiso, nuestro caballo, se acercó unos segundos para mirarme con su tranquilo vacío y luego dejarme ir.





Sergio. 21/12/10.

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