martes, 28 de diciembre de 2010

184. Mamá Araucaria.



Tal vez si tuviera que rescatar el recuerdo más hermoso de mi estancia en el valle del Azul, o acaso el más intenso, o una mezcla feliz de las dos cosas, ése sería la comida que compartimos Lugrin y yo un día en el que, tras unas horas de trabajo particularmente cansado, posiblemente el día que le dimos azada al centeno para hacer allí una siembra de trigo sarraceno (pero no lo recuerdo bien), cosechamos un par de cosas de la huerta para hacer una ensalada y almorzamos eso con un guiso de lentejas. Estaba delicioso. Asombrosamente delicioso. Los nabos Hakurai se dejaban morder con una generosidad casi líquida. No había nada en la mesa que Lugrin no hubiera sembrado, regado, visto crecer y finalmente sustraído de la tierra que tenía parcialmente a su cuidado, y con ese equilibrio tan difícil entre orgullo y humildad del que Lugrin es especialista, dijo algo así como que ese largo recorrido que va de la semilla a la mesa no debía producir una satisfacción muy distinta a la que siente el escritor cuando da por terminada una novela. Yo le dije, convencido, que ambos trabajos significaban exactamente lo mismo: la materialización de una idea que, o bien muere en el cuerpo o en el espíritu, o bien conduce a nuevos conceptos y a nuevas materializaciones de esos conceptos, y así hasta que el cielo y la tierra olviden lo que son y recuerden lo que ya sabían.

El pasado veinte de diciembre dejé atrás El Bolsón para dirigirme a Chile y así no tener que pagar una multa por más permanencia de la debida en Argentina. Eso no quiere decir que no pueda volver ahora mismo a Argentina o a El Bolsón si me diera la gana. De hecho, eso es lo que hacen prácticamente todos los extranjeros cada noventa días, incluidos los que llevan años viviendo aquí y gozando de los precios comparativamente más bajos que se dan por estos lares en relación a la compra de terrenos, principalmente. Pero me apetece ver qué onda hay por Chile, especialmente qué onda agraria y qué otras ondas desconocidas y potencialmente gratificantes que podrían eclosionar al otro lado de la cordillera. Y la idea de tener un compañero de viaje por primera vez en dos años (Lugrin) también terminó por decidirme, aunque a punto estuvimos de no hacer nada juntos por esas indecisiones propias de la vida que te obligan a plantearte las cosas una vez y otra y otra y a viajar por distintos aspectos de tu persona que ni siquiera sabías que vivían en ti, cuando todos en el fondo somos un poco de todo y un mucho de nada.

Me despedí de Juan Cruz, Montse y las niñas con bastante pena por toda la familiaridad vivida con ellos, especialmente cuando iba a su hermosa casa en la falda del cerro Piltriquitrón, dormía en su sofá, bailaba con Aylen y me sentía como un tío o un primo que hace visitas una vez al mes con dos o tres historias bajo el brazo y que luego desaparece añorando la familia que tiene, la familia que tuvo o la familia que podría tener.

También vi al Facha, recién llegado de Buenos Aires y con ganas de laburar en temporada de verano, aunque a estas alturas El Bolsón ya esté más que preparado para la brutal horda turística que se avecina y que no echaré en falta. Espero que tenga suerte y espero poder verle a él y a Emiliano y a Julio y a Juan Cruz en los próximos meses. Hay cosas pendientes que me gustaría hacer con ellos, pero visto desde otro lado, llevo mucho tiempo sin saber qué va a ser de mí dentro de una semana o dentro de un mes y estoy demasiado enamorado de esa incertidumbre como para pensar en si una futura reunión es o no es posible. Estoy casi seguro de que sí, pero a cada día le basta su tarea, y hoy estoy en Melipeuco, en la región de la Araucanía, Chile.

Escogí Icalma porque mi destino estaba a cuarenta y siete kilómetros en línea recta desde su paso fronterizo, en dirección oeste. En realidad, adonde iba era a Villa Pehuenia, aldea remota de la provincia del Neuquén que recibe algún que otro turista por sus lagos, sus araucarias, tal vez su comida, puede que el encanto de sus lugareños. Sobre esto último me es imposible decir nada porque llegué allí a las dos de la mañana y me marché a las siete y en el transcurso de esas cinco horas sólo hablé con dos chilenos, muy agradables los dos, uno con anteojos y el otro sin dientes. Intentando hacer el máximo trayecto en el menor tiempo posible para no verme obligado a esperar mucho y por ende a gastar plata en los centros turísticos de la Región de los Lagos, había pasado de puntillas por Bariloche y San Martín de los Andes, éste último un enclave maravilloso encajonado en un valle que disimula la presencia cercana, amenazante, de esa estepa que cruza la práctica totalidad de la Patagonia, y cuyas casas exhiben rosales perfectos y geometrías alpinas. No en vano San Martín es un destino de viajes recheto, o cuico, o pijo, como ustedes quieran llamarlo. Desde allí seguí en dirección norte a Junín de los Andes y de allí a Aluminé y de allí a Villa Pehuenia, y de los múltiples colectivos se subían y se bajaban gauchos y gauchitos con boinas bien ajustadas al cráneo que o bien vivían en haciendas miserables a pocos metros de un río magnífico o bien en alguno de los centros urbanos antes mencionados, no menos miserables pero de seguro menos magníficos e inspirados que el discurrir de un río.

Y volviendo a Villa Pehuenia, y a las dos de la madrugada, tuve que armar la carpa para engañar psicológicamente al frío y para ello me metí en un bosquecillo no muy alejado del ‘centro’ donde, bajo la luz de la luna llena y entre matorrales extravagantes ubiqué mis cosas y dormí tal vez una de las cuatro horas que me había dado para descansar. Luego desarmé todo con desidia y caminé rumbo a la aduana, donde tuve que esperar a que los gendarmes volviesen del desayuno mientras observaba los primeros acordes de una sinfonía paisajística que se repetiría en mi camino: montañas onduladas con araucarias montadas en la loma como si fuesen brazos alzados de pubertos en una montaña rusa. Las araucarias son fascinantes, desde luego, pero el comentario compartido por todo el mundo (o todo aquel al que le hablas de Villa Pehuenia y alrededores) es que te retrotraen a un imaginario prehistórico en el que la aparición de un diplodocus es posible, lo que elimina el factor sorpresa una vez te enfrentas a la poderosa araucaria en cuestión, pero no la fascinación de su presencia en bosques, colinas y llanuras verdes como las llamas de alguna folleto publicitario ardiendo.

No había transporte entre las aduanas argentina y chilena, lo que implicaba dejarlo todo al azar del autostop. Nadie me subió. Sólo me quedaba la alternativa de caminar los quince kilómetros que separan ambos edificios inservibles a pie. Fue cansado. Bastante cansado. Un carretera de asfalto llega hasta el límite territorial de Argentina para detenerse abruptamente a su llegada a Chile y devenir en ripio y polvo montañés. Llegué a Icalma y la gendarmería parecía no querer llegar nunca. Una vez allí, un oficial de nombre John Thomas Edward del Carmen (me enseñó sus credenciales por si quería comprobar aquel despropósito por mí mismo) hizo algunos trámites con mi pasaporte y debió apiadarse de algún estado de mi persona porque salió durante diez minutos, al cabo de los cuales volvió con dos bocadillos y una botella de agua que me ofreció generosamente. Uno de los bocadillos tenía una débil capa de mantequilla untada en la miga. El otro creo que tenía mayonesa. El gesto es lo que importa, claro está, como importa o debería importar el gesto de payaso esquizoide que tiene el presidente Piñero en el retrato oficial que colgaba de la pared. A continuación pasé mis cosas por un detector de rayos X y otro funcionario con un nombre mucho más anodino que el primero quiso ver el contenido de mi mochila, dándose el caso de que, no contento con pasar sus manos por calcetines, mate y cacerolas de camping, abrió mi cuaderno personal y se puso a leer con más detenimiento del lógico algunas páginas que no le incumbían, para luego detenerse en otro libro, acaso más inofensivo, sobre plantas medicinales y su uso. ‘¿Eres naturista?’ me preguntó, con la esperanza de que mi respuesta justificase los sinsentidos del primer cuaderno, y yo le dije que sí, y me dejó ir.

De Icalma a Melipeuco tampoco había transporte, y estaba vez la distancia entre los dos puntos era algo mayor, así que o conseguía que alguien me levantase a dedo o no me quedaba más remedio que volver a acampar. A la salida del pueblo tuve la suerte de ver un nguillatün, ceremonia mapuche en la que estos habitantes originarios se reúnen por tres días, comen, tocan la corneta, montan a caballo y otras muchas cosas que sobrepasan mi conocimiento todavía precario sobre su cosmología. Cinco horas después, en un paraje más yermo y azotado por el viento, un paraje donde no hubiera querido dormir, un coche me subió y de esta forma descansé y disfruté del paisaje delirantemente hermoso del valle de Melipeuco, que desciende desde unos Andes volcánicos hacia una especie de Edén algo deforestado pero aún reluciente como la miel bajo el sol. Al principio pensé que era una pareja homosexual la que me había recogido. Luego me enteré de que eran padre e hijo. Eso sí, un padre y un hijo que se querían mucho.

Melipeuco reposa en una paz que espero que se preserve por muchos años. Aquí viven agricultores, mayormente, muchos de ellos mapuches, y también algunos jovencitos venidos de Santiago (de Chile) con ganas de ser campesinos y de poner en práctica sus ideas comunistas/anarquistas/alternativas sobre la sustentabilidad de la tierra (una tierra increíble, nada pedregosa y apenas mezclada con las numerosas laderas de arenilla volcánica de los alrededores, una tierra donde crece pasto hasta el infinito y que apenas hay que abonar, una tierra dulce, en definitiva) y la sustentabilidad de la vida. Para mí, que intentaba no tener muchas expectativas puestas en este destino, la sorpresa no podría haber sido más grata, así como la comunidad que me recibió, desde cuya casa (o mejor dicho, desde cuyo jardín) se ve la pirámide del volcán Llaima, muchos árboles frutales, vacas, extensiones limpias de cielo azul y un horizonte estimulante de aprendizaje. En su biblioteca se agolpan libros de Frantz Fanon, Roberto Bolaño y oscuros manifiestos políticos que producen el efecto inverso en la mente de quien los lee. Su cocina de leña no está nada mal, tampoco. Y crece melisa silvestre en el patio.

Esta comunidad está empezando a trabajar en ‘ser’, efectivamente, una comunidad. Para Lugrin y para mí (Lugrin llegaría acá un día después de mi llegada, de modo que ahora volvemos a ser dos, tanto para los apuros como para el placer) es una bendición involucrarnos en algo que está empezando y que todavía tiene una forma por definir. A Lugrin le interesa más la huerta y a mí los libros, qué duda cabe, pero esto sólo indica tendencias de nuestra esquiva personalidad que si bien es tonto ignorar tampoco nos define en absoluto.

En el próximo episodio os presentaré a la gente que forma parte de este mundo, su impagable vocabulario (el suyo y el de todos los chilenos, con palabras como ‘cuático’, ‘brígido’ y ‘bacán’ para que vayáis abriendo boca), los proyectos que se desgranan de mis primeros días de convivencia acá, las navidades surrealistas que estoy viviendo, el balance del año… en fin, un cotarro muy bueno. Salud.

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