viernes, 20 de noviembre de 2009

CII. Miss Noviembre.



Intento no escribir si no siento que haya algo que contar. Pero alguno pensará (cómo soy; en mi triste imaginación, pienso que tal vez alguien sigue este blog religiosamente; visto de otro modo, si no lo pensase así, nunca escribiría nada) que este mes está siendo soso, soporífero, insustancial. Y nada más lejos de la realidad. Si tuviese que ser una miss del calendario 2009, sería Miss Noviembre. Nunca he sido tan feliz como en Kerala, y este mes, completamente entregado a unas labores que me emocionan, resulta ser el cénit de mi experiencia malayali.

Si no publico nada es porque no hay una historia muy apasionante en la superficie. Mi día a día es una habitación, un ventilador y un ordenador portátil. Mis noches son un puente de cemento, un río, unas palmeras, tres o cuatro amigos y un vasito de todi (o unos cuantos). Excepcionalmente, voy al templo, donde paso muchas horas despierto de las que luego tardo un poco en recuperarme. Ya comenté en episodios anteriores que el theyyam no se aprecia en un par de horas. La mística del rito es algo más evasiva, y hay que sentarse, o apretujarse, según sea el nivel de concurrencia, y esperar.

Hace una semana que la primera Muchilotu Bhagavati de la temporada hizo acto de presencia en Parasinikadavu, no muy lejos de Kannur. La expectación era tan grande que me vi literalmente aplastado por la multitud en el momento del clímax. Uno entiende el rol subsidiario del sexo en esta sociedad cuando se topa con un clímax de este calibre. Y es que poco importa tener mil codos acosándote en mitad de la lucha por percibir un pequeño destello del rostro de la diosa. De hecho, es parte de la diversión. La atmósfera se carga eléctricamente y los fieles entonan su ‘hummm’. Muchilotu se endereza y no hace nada. Es la manifestación perfecta de la divinidad: independiente, imperturbable, sola. Cada vez que una parte de su rostro (entrecejo, labios) se mueve un milímetro arriba o abajo, la sensación de que el cielo se abre o la tierra se hunde está milagrosamente cerca de la percepción humana. Como se describe en el viaje filosófico de Joseph Conrad en “Heart of darkness”, Muchilotu es tan oscura y ajena a la vida como la vida misma; no necesita explicarse ni hacerse entender; muestra el abismo a través de la lejanía, del desprecio hacia cualquier identificación con el bien o el mal; lo único que existe es un discurrir eterno a ninguna parte. Yo no sé si creo en Dios, pero sí que creo en Muchilotu.

En otra de mis incursiones recientes, conocí a Mr. Panikar, un intérprete que se gana principalmente la vida haciendo trajes y accesorios para los rituales. Él no habla inglés y mi malayalam es pésimo, pero nos entendimos como pudimos, y me hizo un pavo real con una hoja de cocotero. Con tino. Panikar vive en el área de Payannur, que registra algunos de los theyyam más incontaminados de la costa malabar, la mayor parte celebrados en casas privadas. Es casi seguro que la familia te va a recibir de forma excepcional. Kativanoor Veeran era invocado en el día concreto que me tocó inspeccionar la zona, y su sable guerrero hizo temblar el patio ritual (o tal vez el insólito volumen de los tambores). Su bendición me emocionó profundamente: “da igual que no seas malayali, porque donde quiera que vayas, en cada uno de tus viajes, yo cuidaré de ti”.

Kativanoor Veeran, luchando con los elementos.


Arun (anteriormente escrito como Aaron, ya lo siento) se comporta conmigo como un pretendiente tímido. Nada en el mar de zafiro hasta tocar el sol, hora del crepúsculo, y vuelve a la orilla con una sonrisa plena. Todos sonríen. Da igual lo que suceda. Amjath ya no podrá dedicarse a lo que quería por culpa de su medicación para la epilepsia. Su salario ridículo será, seguramente, todo lo que tendrá en un futuro. Pero lo asume riéndose. Irumban camina, a sus veintitrés años, por el sendero estrecho que le marcan sus padres, temerosos de perder al único hijo que les queda; trabaja como un perro, se lesiona constantemente, no puede volver a casa más tarde de las diez, y sonríe. La abuela de Kurien tuvo catorce hijos, de los cuales doce murieron delante de sus narices. No sé cómo debe ser perder doce hijos. Pero seguro que la señora todavía sabía sonreir. En eso los indios son extraordinarios.

Relatos breves, o entradillas de relatos, es lo que os puedo dejar hoy. Os contaré más cosas en una extensión más generosa, puesto que se aproximan semanas de cambios. Hasta entonces, salud.

Sergio. 21/11/09.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

CI. Lo que sale de la boca.


Una ráfaga de frío angélico ha venido a posarse sobre la jungla. No es el monzón, sino algo relacionado con la presión atmosférica que me gustaría poder explicar, pero que no puedo, y sólo debo añadir en mi ignorancia que procede del Golfo de Bengala. En cualquier caso, es una maravilla. Llueve torrencialmente durante diez minutos en los que la tierra parece caerse en un pozo del que le será difícil salir. Los relámpagos desnudan las copas de palmera a medianoche. A menudo, un rayo azul se desliza por el cielo como una culebra y acaba dándose de cabeza en el mar, antes de desaparecer en la evanescencia de la noche. Y mis amiguitos indios se quejan del frío que hace, lo que no les impide seguir haciendo sus fiestas en las verandas de las casas deshabitadas. Hay una tranquilidad asombrosa en mi escondite de la costa malabar, subrayado por el rumor de las olas, por el viento enfermizo del trópico y por una constante sensación de pérdida que, lejos de ser triste, deleita a los sentidos de una forma inexplicable.

Y dejo ya de ser un coñazo.

No hago cosas dignas de un blog de viajes, y por eso no publico casi nada. Escribo en mi habitación, como a horas regulares, y frecuento a la gente de la zona cuando la oscuridad nos impide vernos con nitidez. Se me ha ocurrido hablaros de algunas personalidades que me fascinan y a las que profeso mucho cariño. Entre ellas, lamentablemente, ya no se encuentra Kiran, al que, de hecho, procuro evitar siempre que puedo. El pobre chaval se ha entregado al crimen por la peor de las razones imaginables: el dinero (harto decir que él, precisamente, no lo necesita para comer). Hay que ser cafre. ¿Desde cuándo ir en contra de la ley tiene que tener una justificación? Burlar la legalidad está en la naturaleza del ser humano, entre otras cosas porque la transgresión es muy anterior a la ley, y por lo tanto es más sagrada. Pero hacerlo por afán de lucro es tonto. Es como quien cree que realmente se puede llegar a poseer algo. Pero todo esto nos llevaría muy lejos… Caray, sí que estoy coñazo hoy.

El Teto’s brothers club se ha redefinido en torno a Shafi, Irumban, Amjath y un servidor. Aaron no nos frecuenta mucho, pero es mi preferido por varias razones que expondré en breves. Amjath, el sonriente y altísimo musulmán obsesionado por las tecnologías, es uno de los seres humanos más inteligentes y sensibles que he conocido. Lamenta no hablar bien inglés cuando, en realidad, su inglés es excelente y mucho más expresivo que el mío. Le gusta aprenderse todos los nombres de mis amigos y familiares para después mandarme mensajes de texto al móvil firmados por ellos. Es muy sincero y dice lo primero que se le pasa por la cabeza cuando se apodera de mi teléfono y observa las fotografías que guardo en él. Esto proporciona grandes momentos, aunque sólo compartiré los que no hieran sensibilidades. A mi ahijada Sonia la llama “Little angel”, y no hay noche que no me diga lo mucho que ama a mi amiga polesa María, un sentimiento bastante frecuente en varones de cualquier nacionalidad. De hecho, todo el club se ha rifado ya a mis amigas: Irumban está loco por Ana, mientras que Deepak es más de Barci, a Shafi la que le tira es Ela de Castro (aunque ya le dije que estaba casada), Samir quiere proponer en matrimonio a Gra o a Alazne, la que se deje (es un partidazo, aviso), y Amjath no puede decidirse entre Begoña y María. Tenemos una liada muy buena. Pero el nombre de Begoña es, posiblemente, el más nombrado por todos los hombres de Adi Kadalayi, enamorados del sonido de esa “eñe”. Que si Begoña esto, que si Begoña lo otro. Casi siento que estoy en la Pola, tomando una caña en El Jota.

Ya comenté que Shafi se nos va a trabajar al Golfo, y es por eso que ha surgido en mi mente la idea de invitarle a un viaje antes de mi marcha a Australia. Al fin y al cabo, ni Shafi ni casi nadie de los alrededores ha salido nunca del estado, y cuando les hablo de otros lugares de India se les ponen los ojos como platos. Así es que estoy planeando llevarme al irresistible Shafi y a Irumban de paseo por las ruinas gloriosas de Hampi, en Karnataka. Eso será un grandísimo capítulo. Amjath trabaja demasiado y está demasiado tiranizado por su familia como para permitirse el más mínimo escape. Por si fuera poco, tiene diversos ataques de epilepsia por culpa de los cuales no puede ir a trabajar, con lo que pierde dinero, además de salud. Es increíble cómo la vida se ceba con algunos de ellos.

Nuestras noches son antológicas, y aunque nunca hablemos de nada, y las cosas que tenemos en común sean nulas, hay una fascinación incuestionable en cada uno de nuestros encuentros, y creo que es mutua. Ahora que arrecian tormentas cada dos por tres, nos volvemos más locos que nunca (o mejor dicho, ellos se vuelven locos y yo les sigo la corriente). A veces salgo de mi casa y sólo tengo que seguir los cánticos para ubicarles en algún lugar secreto de la oscuridad, la espesa y sugerente oscuridad de la selva, llena de serpientes huidizas, puercoespines gigantescos y ranitas más pequeñas que un lunar. Cuando llego al club que toque, escucho sus diatribas en malayalam, de las que extraigo alguna palabra suelta, me río con su tono de voz, realmente tierno, y a los pocos minutos se ponen a cantar y a bailar y a hacer música. Son unos percusionistas maravillosos, y es todo un placer escuchar los sonidos mágicos que son capaces de extraer de dos botellas de plástico. La luz de las velas y las linternas, el sonido tempestuoso de la lluvia, el tacto salado y aceitoso de los ‘snacks’ y el color de los ‘lungis’ son sólo algunos de los reclamos más destacados de estos botellones particulares, en los que no falta el whisky, que ya nunca más podré mezclar con Coca Cola.




Fugaces como vinieron se han ido muchos segundos de intensa felicidad en los porches. Si los magnifico es porque son la culminación de un día de buen trabajo, y es que estoy muy contento con lo que escribo últimamente, y estas rachas hay que vivirlas con intensidad.

Un día que me fui con un psicólogo camerunés y una israelí insoportable a ver la tormenta eléctrica sobre el mar, encontré a Aaron y a Samir con un pedal muy considerable. Les envidié, y cómo no, les seguí, aunque la oscuridad ya se los había tragado, y a mí también. Encontré a Aaron muy cerca de su casa, y mantuvimos una conversación maravillosa, digna de Tennessee Williams. (Nota: al respecto, diré que muchos de ellos hacen menciones inconscientes a ‘La gata sobre el tejado de zinc caliente’, cuando argumentan que la cerveza no les gusta nada porque no les hace ‘click’; qué sabios).

Aaron: ¿Qué haces aquí?
Sergio: Vine a ver qué hacíais.

Aaron: Tienes la mente sucia, pero eres un buen chico, y te quiero.

Sergio: Yo también te quiero, Aaron.

Aaron: Pero tienes la mente sucia… cosas sucias pasan por tu cabeza…

Sergio: Estás borracho.

Aaron: Sí… pero tú también.

Sergio: Vale. Un poquito.

Aaron: ¿Por qué me miras?

Sergio: ¿Dónde quieres que mire? ¿Al suelo?

Aaron: Tú sabes a qué me refiero… Yo… yo… vivo aquí, esta es mi casa… la playa, y todo lo que hay alrededor… es mi casa, y mis amigos… todos me conocen aquí… pero no me conocen de verdad, porque yo soy diferente… hago cosas muy malas… tengo malos pensamientos… Pregúntales a ellos, a Shafi, a Irumban, pregúntales cómo soy yo…

Sergio: ¿Cómo eres tú?

Aaron: No… Teto, no… Mente sucia… ¿Por qué has venido aquí? ¿Qué venías a buscar? ¿Eh?
Sergio: Nada.
Aaron: Oh. Buen chico. Mente sucia. Te quiero.

Sergio: Yo también.

Aaron: Vamos a pegarnos.


Y nos pegamos. Aaron es un poco nenaza, y da patadas en los huevos, lo cual es muy rastrero. Además, tenía a su perra para defenderle, con lo cual fueron dos contra uno, algo injusto si me permitís la apreciación. Pero eso nos enfrió la cabeza. Desde esta insólita escena, situada en un bello sendero humedecido por la lluvia, Aaron es mi ojito derecho, somos inseparables y ha hecho que mi atención pase de su sexto dedo a su atormentada psicología. Grande Aaron.



"El 'click' de Tennessee Williams,
imposible de alcanzar con una cerveza".


En casa de Kurien las cosas siguen como siempre. Los turistas son siempre aburridos, mortalmente aburridos, aunque uno de ellos me pasó al ordenador las cinco temporadas de ‘Peep show’, una sitcom británica que se merecerá una entrega extra de ‘A través del espejo’, porque es increíblemente divertida. Como siempre, Kurien intenta instruirme como buenamente puede, y su sabiduría, nada fácil de entender ni de catalogar, alcanza cotas sublimes. Me encanta tomar café con él mientras me cuenta cómo eran los veranos de su infancia, cuando él y todos sus primos viajaban por el verano de casa en casa, hospedándose con unos tíos o con otros mientras completaban su rutina de bañarse en las lagunas, pastorear y hacer funciones teatrales por la noche. Tan bucólico que parece inventado. Es muy sensual viajar por esos paisajes de una infancia tan alejada a la de uno, en la que el juego y la imaginación en su estado más puro eran posibles. La vida de Kurien es muy interesante, y él no ahorra generosidad cuando se siente con ganas de contar cosas, y cosas, y cosas, en un zigzagueante viaje al pasado de la Kerala rural, uno de los lugares más increíbles del mundo.

En el siguiente episodio, el retorno de Pradeep, más lluvias, más cotarros, más Aaron, más alcohol, más palabras, menos palabras.

Sergio. 10/11/09.

domingo, 1 de noviembre de 2009

C. La diosa insatisfecha.



¡Sal de Chennai, tunante! ¡Ratas y arena en los ojos de las viejas! ¡Vuelve a casa!

Y a casa he vuelto. De este a oeste y tiro porque me toca. Atravesando unas montañitas la mar de saladas, me di cuenta enseguida de lo cerca que estaba ya de Kerala: palmeras, arrozales, gente sesentera, un verde más violento que un puñetazo en la mandíbula, mucho tino. El calor tropical también se hace sentir, pero de ahí a que realmente importe hay un trecho. Pocas veces he tenido tantas ganas de volver a un sitio, y me enfadé mucho cuando llegamos a Kannur con una hora de retraso, como si eso no fuera lo propio en cualquier tren indio (atención, viajeros: el Mangalore Express va casi vacío; un lujo para vuestras piernas). Sonriendo como un bobo, cogí un rickshaw hacia el templo de Adi Kadalayi y, desde allí, me adentré en el palmeral con mis bártulos y mi linterna. Por fin Kerala. Llegué a la casa de Kurien justo cuando él impartía una de sus lecciones magistrales sobre theyyam al enésimo grupo de turistas blanquísimos. Como no hice ruido al moverme, no me oyó entrar en el salón. Así es que me dio un abrazo caluroso y yo casi me trago su oreja de lo nervioso que estaba. El gran Linu también andaba por allí, con su lungi y su sonrisa, incitándome a hacer lo propio antes de comenzar esta nueva tanda de episodios en mi hogar indio.

¿Cómo andan todos por aquí?, os preguntaréis, curiosos lectores. Empecemos por Kurien. Ha casado a sus dos hijas, que para un padre indio es una buena carga que quitarse de encima, sobre todo después de pagar el desorbitado enlace de la segunda (ni más ni menos que diez mil invitados; ¡diez mil!). Tampoco le afecta demasiado que haya menos afluencia de turisas que de costumbre, debido a las crisis y a las terroristas y a las pandemias éstas tan malas. Padmini, por su parte, no deja de tener un ardil impredecible. Como llegué de noche, no pude verla hasta el día siguiente por la mañana. Cuál sería mi sorpresa que la tía, por toda contestación ante mi caluroso saludo, no se le ocurrió otra cosa que preguntarme: ‘Breakfast?’ Qué pragmática es esta gente.

El Teto’s Brothers Club me ha enajenado con sus licores a la velocidad del rayo. Por partes:

a) La familia compuesta por Kiran, Pranath y su hermano de seis dedos Aaron sigue siendo el foco indiscutible de muchas historias. Pranath, a la que había dejado con una cara de susto tremenda en el día de su boda, ya está embarazadísima y con vistas a dar a luz en Navidades. Qué rápido le ha venido todo a esta chica. Si todavía en febrero era una graciosa mozalbeta que me invitaba a sentarme con ella en las rocas que dan a la mar. Y ocho meses después es esposa y madre.
Me reencontré con ellos en el hospital, ya que a la madre de Kiran tenían que hacerle una transfusión de sangre y fui a presentarle mis respetos. (Espero no tener que ser ingresado aquí. Esas camillas de hierro han de ser incomodísimas). Kiran se dedica a asuntos tan ridículamente delictivos que casi me da la risa de pensarlo. Yo le digo: ‘Kiran, no quiero saberlo…’, pero su temeridad es demasiado incorrompible. Aarron es el pequeño y el que más trabaja, tiene problemas de identidad, de alcoholismo, y un pulgar de más. Me tiene completamente fascinado.
b) Los musulmanes Shafi, Amjath y Samir siguen obsesionados con el sexo y las prostitutas. Bueno, Samir es un caballero y sólo escucha música mientras se rasca la entrepierna. Por su parte, el conmovedor Amjath está muy deprimido porque tiene miedo de estar malgastando su juventud. Cierto es que acercarse a una chica en este país es como atravesar un campo minado. Shafi, sin embargo, se irá en menos de dos meses a trabajar a Dubai, al igual que el setenta por ciento de los jóvenes de Kerala, y como tardará años en volver, sé que se le va a echar mucho de menos.
c) Los hindúes Deepak e Irumban siguen más o menos igual. Deepak es el saco de boxeo del club, pero como está seriamente perturbado, no le importa. El maravilloso Irumban ha dejado el gimnasio a tiempo de que no se convierta en una obsesión, y me lleva a nadar y a pescar cangrejos más a menudo que antes. Lo celebro. Hay que ser como un filete poco hecho y dejar que la sangre chorree por los bordes.

Todos me preguntan por mis padres, por mi hermana, por mi abuelo, por mi ahijada, por mi amigo sirio (Nabil) del que nadie se ha olvidado desde que les dije el nombre… Y como esto es un pueblo, la voz ya se ha corrido y me llegan llamadas perdidas de todas partes. Eso no excluye la amargura de tener que seguir lidiando con algunos conductores de rickshaw, sobre todo cuando me toca a mí negociar el precio que han de pagar algunos turistas (a veces le hago el favor a Kurien de llevarles al templo, explicarles lo que hay y sentarles en un taxi de vuelta a Kannur; a cambio, mi estancia me sale por la mitad de precio y recibo raciones extra de mi comida favorita). Algunos conductores siguen siendo durísimos de pelar, y un tanto esquizoides. Después de una larga disputa con uno de ellos, a altas horas de la noche, recibí una serie de insultos en malayalam. No se daban cuenta de que lo único que sé en malayalam son insultos. A pesar de ello, me gusta pensar que aprendo poco a poco a hacerme respetar.

Amjath: ¿Qué vas a hacer en Australia?
Sergio: Hacerme granjero.
Amjath: No me lo creo. Tú eres europeo.
Sergio: Sí, ¿y qué?
Amjath: Los europeos no trabajan el campo. Nosotros lo hacemos.



¿Y cómo siguen los rituales theyyam? Mejor que nunca. Con una idea algo más aireada y contundente de lo que es la cultura hinduista, me veo más despierto en el hermético misticismo de esta ceremonia. Antes de volar a Australia a finales de noviembre, quiero explorar zonas remotas para encontrarme con posesiones más auténticas, y es muy posible que el legendario Pradeep (¿recordáis a aquel intérprete del que me quedé completamente prendado?) me deje quedarme en su casa para que espíe su día a día con total impunidad. De ser así, nos espera un jugoso episodio de ‘Miss Kalashnikov’ para la recta final de esta primera temporada.

Acompañado de Despina, alias ‘Debbie’, una bailarina neoyorquina de raíces griegas, volví a ver un festival ‘theyyam’ por primera vez en seis meses. Me noté desentrenado, sin paciencia. Es normal, puesto que no recordaba lo irritante que puede llegar a ser todo justo antes de que empiece a operarse el milagro. Debbie y su permanente asombro me ayudaron mucho, y al final los dos disfrutamos de uno de los mejores ‘theyyam’ que recuerdo. Al principio nos tocó aguantar a muchos borrachos. Luego conocimos a Baby, uno de los familiares que pagaba el festival y una eminencia en hinduismo. Nos explicó por qué los intérpretes subían y bajaban constantemente un pequeño promontorio; se trataba de un recinto sagrado donde, supuestamente, vivía el dios – serpiente Nagar, una cobra fantasmal, pequeñita, de gran capuchón. Sólo algunos hombres puros como Baby han podido verla, pero nosotros, que estábamos impuros, no podíamos siquiera acceder a esa colina tan magnética, porque la energía del lugar iría seguramente en nuestra contra. Las palabras de Baby fueron muy bienvenidas, y quiero seguir en contacto con él, para ver qué opina de la ambivalencia entre el respeto a la naturaleza y los sacrificios animales que exigen algunos dioses del panteón hindú.

Debbie y yo nos quedamos a dormir en la casa de un profesor de la zona. Bueno, fue más una siesta larga de tres horas en la que tuve sueños terroríficos (normal, estábamos durmiendo a pocos metros de la cobra psicodélica). Al amanecer, celebramos el tino y el ardil de Chathampalli, un ser humano divinizado por obra y gracia de Siva, cuya historia trágica es recordada todos los años por estas fechas. Chathampalli era un recolector de todi (licor de coco), hace unos trescientos años. Sabía mejor que nadie los secretos de la extracción de veneno, aunque no podía rivalizar, oficialmente, con el señor feudal del distrito. Sin embargo, cuando una labradora murió a causa de la mordedura de una cobra, Chathampalli fue llamado para intentar resucitarla, puesto que nadie había podido hacer nada por ella. El pobre hombre obró el milagro que todos nos imaginamos, enfureciendo a las altas esferas. Así fue que Chathampalli acabó siendo asesinado con crueldad y murió como un mártir a los ojos de las castas bajas. El terrateniente, arrepentido ante la horda de críticas unánimes hacia su abuso de poder, prometió un festival anual en honor de la víctima. A día de hoy, Chathampalli sigue siendo interpretado por un intocable, pero no ha perdido el derecho de ir a la antigua mansión feudal, donde todavía viven los descendientes de aquellos brahmanes de antaño, y una vez allí, recuerda el mito de su muerte y critica el sistema de castas. Debbie no quería perderse el recorrido a la mansión, arrozales de por medio, y yo tampoco. La procesión hacia ese lugar magnífico, oculto en el espesor de la jungla, sepultado bajo telas de araña fabulosas, es un sueño mágico hecho realidad. En nuestro camino de vuelta, me hundí en el lodo del arrozal provocando las risas indiferentes de los sacerdotes. Un periodista local tuvo a bien registrar este momento tan patético, y cuando me envíe las fotos, podremos reírnos todos juntos.

El gran momento del día vendría, cómo no, de la mano sangrienta de Kali. Vestida con una corona en forma de gota de lluvia, y portando una máscara terrible con calaveras, ojos desorbitados y una lengua extendida hacia afuera, la diosa insatisfecha se sacaba mocos de la nariz (no es ninguna broma) y exigía un montón de ofrendas curiosísimas. Todos sabíamos que acabaría matando a una gallina. Lo que no nos esperábamos ni Debbie ni yo, que somos muy fans de Kali, era que la gallina fuese a ser lenta y psicóticamente torturada ante la mirada morbosa de los mozos y sacerdotes, la aceptación informal de las mujeres y los ronquidos de alguna vieja ya curtida en sacrificios de pollos. Creo que he visto pocas cosas tan horribles en mi vida. Kali se desquiciaba ante los cacareos asustados de la gallina y se golpeaba la máscara con ansia. Nunca olvidaré el sonido bobalicón y peligroso que salía de su interior. Cuando se acabó apoderando del animal, arrebatándoselo a algún sacerdote divertido con todo este asunto, el lado maternal y visceral de Kali se dieron la mano en una galería de imágenes espantosas. La gallina era abrazada, besada, desplumada, espachurrada… Kali le cortó lentamente la cresta y probó con delectación la sangre que acababa de brotar. Luego infló el pico del pobre bicho con granos de arroz y riadas de licor. Yo me preguntaba cuándo iba a acabar todo ese suplicio. Finalmente, después de mucho vacilar al son de unos tambores endemoniados, arrancó el gaznate del animal, que se siguió moviendo durante unos cuantos minutos, y todos se regocijaron con su sangre. Yo quise de todo corazón entender el porqué de la tortura. Llevo unos cuantos días intentando poner orden a mi concepción del cosmos, y entiendo más o menos todo eso de la aniquilación de los contrarios y la gran mentira que reside en las categorías de ‘bueno’ y ‘malo’, pero no puedo relativizar la tortura. No puedo entender el abismo de la personalidad de Kali.

Debbie me gustó mucho. Es una tía muy interesada por los bailes rituales y los estados alterados de conciencia. Me dijo que se podía comprar ‘ayahuasca’ por Internet, algo que debe ser parecido a tener sexo virtual: poco que ver con la experiencia cuerpo a cuerpo. Si algo se aprende de leer ‘La cosa del pantano’ es que si te vas a comer o a fumar plantitas, es mejor que ellas te indiquen el camino. No está de más tener elegancia para drogarse. Debbie no tenía mucha, pero lo intentaba, que ya es algo. Es una chica con un rostro muy griego, como el de Irene Papas en ‘Z’.

Irene Papas, siempre intensa.


Cierro el ‘post’ número cien con Debbie, con los eructos de Padmini resonando desde la cocina, y con un optimismo radical hacia el trabajo que me ocupa y hacia el futuro que ya está aquí.


Sergio. 30/10/09.

domingo, 25 de octubre de 2009

IC. Trevor (II).



Interrumpí cruelmente mi relato, y a él vuelvo.

Me aterra el potencial religioso que descubro en mí. Nunca lo hubiera imaginado, en tanto que he despotricado infantilmente de Dios y de la religión en mis años de universidad. Ahora dejo que todo me seduzca de una forma casi mística, tal vez influido por los siguientes factores:

a) La soledad.
b) La casi total ausencia de sexo, que lleva al ser humano a sublimar otro tipo de placeres incomprendidos.
c) William Blake, Emanuel Swedenborg, Jorge Luis Borges.
d) Este país tan condenadamente fascinante (y religioso).

¿Recordáis a Christine, la señora británica que me interrogó sobre mi guión cuando vivía en Kerala? Podéis revisitarla si usáis la utilísima barra de enlaces en el margen derecho de la página que estáis leyendo. Aquello sucedió en febrero, y el post que le dediqué a tan insigne mujer se llamaba “Kiss the joy as it flies”, en relación a la frase enigmática que Christine me dedicó cuando yo le narraba lo contento que me sentía en aquel momento. Todavía no conocía a William Blake, más allá de algunas citas extraídas de su obra. Sabía que había sido un visionario místico durante la Revolución Francesa, como el impresionante Swedenborg (algo anterior a él), que estuvo en el cielo y el infierno y volvió para contarlo, y que paseó por Londres con el mismísimo Jesucristo. Pues bien, caminando por el College St. de Calcuta, un centro universitario lleno de puestos de libros y algún que otro cine porno, encontré una selección de poemas de William Blake, con uno de ellos destacado en la portada:

“He who binds to himself a joy
does the winged life destroy.
But he who kisses the joy as it flies
lives in Eternity’s sunrise”.


Nada sabía entonces del guiño que me estaba lanzando Christine, y que ocho meses después he podido decodificar. Cuando descubrí ese verso, mientras extendía al tendero un billete de cien rupias por el libro, me sentí acompañado por una ráfaga de energía inusual, como si alguien estuviese dirigiendo mis pasos, y el mundo se detuvo durante cinco segundos. Ya tuve esa sensación una vez, en Cabo de Gata, cuando les dije a mis amigos Manu, Bárcena y X: ‘siento que alguien camina por mí’. Adoro enlazar hechos distantes en el espacio y en el tiempo, y descubrir que unas pequeñas palabras descontextualizadas (‘kiss the joy as it flies’) guardaban un significado muy distinto al que yo le había atribuido. ¿Es muy extravagante pensar que el sufrimiento es tan hermoso como la felicidad, en tanto que existe? No sé, pero creo eso es lo que trataba de decirme Christine a través de Blake. El aura imponente de esta señora, que parecía haber hecho un pacto con alguien de otro mundo, engrandece aún más esta anécdota que recuperé y redondeé en Calcuta, como quien encuentra un juguete de su infancia y aprende una cosa más de sí mismo y de la vida que le toca vivir.

Una de las maravillosas pinturas de Blake, "Abraham e Isaac".


Hice otras cosas en Calcuta, aparte de perderme, rezar a Kali y a Siva, comer pescado y ver los últimos capítulos de ‘The Wire’. También fui al cinematográfico Indian Museum a ver la reconstrucción de la puerta de Bharhut, que data del siglo II antes de Cristo, y que contiene unas esculturas budistas insoportablemente bellas. Entre muchas de sus imágenes, destacan las mujeres danzando y los medallones en los que se representa a varios indígenas comiendo plantas o metiéndoselas por el ombligo. Hoy en día, la posesión de esas plantas es considerada un delito. ¿Y todavía hay gente que pone en duda la involución de la raza humana?

La famosa escena del sueño de la reina Maya, en Bharhut.


Como me gustan mucho los tigres, y no quería pasar Diwali en una gran ciudad como Calcuta, aproveché la oportunidad para escaparme a los Sunderbans, la mayor reserva de felinos a rayas del planeta. En realidad, Sunderbans es más conocido por ser la mayor jungla de manglares que existe, y la única candidata de India a formar parte de las nuevas siete maravillas del mundo. ¿Es tan maravilloso este lugar? Pues sí que lo es, aunque mi visita fue un poco accidentada. Para comenzar a narrarla, tengo que partir del momento en el que abandoné el roñoso Hotel Maria para unirme a la supuesta troupe que iba a ir conmigo a la jungla (de la que, a causa de la malaria, quedamos sólo un americano y yo). Me di cuenta de que no iba a ver más a Trevor, porque cuando volviese de los Sunderbans no iba a pasar mi última noche en Calcuta en aquel patio triste que compartíamos, sino en el Hotel Broadway, sin duda la mejor pensión que he visto en este país, y mira que me he pateado pensiones de todos los colores. En el Broadway, la habitación individual no cuesta tres euros, cuesta ocho. Pero el infinito encanto que resulta de esos cinco euros de diferencia justifica una noche, o incluso dos o tres. Por si fuera poco, el oscuro y anacrónico Bar Broadway, en la planta baja del hotel, es el mejor antro del mundo, un local perfecto para una fiesta de fin de rodaje, una orgía, una matanza, o las tres cosas a la vez. Sus ventiladores ominosos siembran la atmósfera de un recogimiento alcohólico muy poco habitual, lo que se viene llamando ‘elegancia’, y a precios muy razonables. No tardé mucho en averiguar cómo podía rematar mis extrañas miradas con Trevor, que además de bailar pasodoble, también es científico. Después de pagar mi cuenta en recepción, escribí una nota para él y se la pasé por debajo de la puerta de su dormitorio. En ella le invitaba, inocentemente, a tomarse una cerveza conmigo en el Bar Broadway si volvía de los Sunderbans con vida. Cualquier ser humano con dos dedos de frente reconocería las implicaciones de esta invitación. Es por eso por lo que estaba convencido, al menos al noventa por cien, de que Trevor no acudiría a la cita; por eso y también por frases como ésta: “Estaré el lunes en el ‘Bar Broadway’, a partir de las seis y hasta bastante tarde…’ En fin. Cuántas películas he visto.

Pronto llegaremos a ese lunes. Entretanto, Alex (el americano) y yo partimos a Sunderbans con nuestro guía de diecisiete años, Ajay, al que sólo puedo definir como el ser humano más bello que camina actualmente sobre la tierra. Los tres íbamos a pasar bastante tiempo juntos, así que me propuse hacer un esfuerzo comunicativo. Siempre que me propongo algo así, acabo escaldado. Esta vez no fue para menos. A Alex, joven blanquísimo y atractivo de muy publicitada heterosexualidad, le encanta un tipo de conversación en la que yo no estoy muy ducho, aunque no puedo ocultar que me encantaría dominarla.

Alex: ¿No eructas nunca?
Sergio: No. No puedo. A veces me sale solo, pero no puedo forzar un eructo.
Alex: Qué pena. Pero te tiras pedos, ¿verdad?
Sergio: Sí, eso sí.
Alex: Genial.


Alex: La verdad es que no tengo ningún problema en follarme a quien quiera.
(Hubiera incluido esta pedazo de frase en la sección de ‘Citas célebres’, pero cualquier lector descuidado podría atribuírmela a mí).

Alex: ¿Has tenido sexo alguna vez, Ajay?
Ajay: No.
Alex: Pues es lo mejor del mundo. No hay mejor forma de estar conectado a una persona. Así que ya sabes… en cuanto tengas la oportunidad… aprovéchala.
Ajay: Sí… jeje… vale…
Alex: Eres un gran chico, Ajay. No vas a tener problema con las chicas.
Ajay: Pero, ¿por qué la mayor parte de los tíos con novia quieren estar con otras mujeres al mismo tiempo?
Alex: No lo sé…
Sergio: Somos difíciles de satisfacer.


Esto da una idea general de por dónde iban los tiros con nosotros tres. Alex debió pensar que yo era un capullo, mientras que yo admiro su estupidez e ingenuidad. Ajay, sin duda, era el más cabal de los tres, y espero que su vastísima cultura y su aguda percepción de la sociedad en la que vive le lleven muy lejos. Es un chico dulce, hambriento de experiencias, encantador de serpientes como sólo un indio puede llegar a ser (no en vano le mordió una cobra cuando era pequeño y sobrevivió a ello).

Nuestra primera noche en el pueblo que sirve de entrada a la jungla coincidía con la festividad hindú de Diwali, que consiste, básicamente, en tirar petardos y cohetes ensordecedores. El gobierno ha prohibido usar los que sobrepasan los noventa decibelios, pero eso se lo pasan todos por el forro, más aún en un pueblo. Después de la metralla y de iluminarlo todo mágicamente con velas, la sociedad de festejos organizó una sesión de Bollywood en el mismo descampado donde la diosa Kali reposaba en su altar. La película en cuestión nos mostraba cómo una india desconsiderada pasaba por completo de hacer puja y se acostaba con su perro doberman en actitud libidinosa. Cómo no, Kali se enfurecía, como hacían bien en indicarnos unos zooms hacia su rostro acompañados de diabólicos tambores. Vamos, una joyita. Cuando pensé que la belleza de aquel trocito de la Bengala rural no podía ser más espectacular, Ajay nos llevó a cenar curry de cangrejo a un patio familiar mientras yo acariciaba el vientre de una cabra embarazada. Luego bailamos en la azotea del albergue al son de una música popular. El cantante, que también tocaba una especie de acordeón indio, pegaba unos gritos inenarrables que me hicieron moverme como un poseso. No exagero. Al día siguiente descubrí, ya en el barco que nos llevaba por los manglares, que no podía moverme de lo agarrotados que estaban los músculos de mi espalda. Alex mencionó de soslayo mi pésima condición física y mis bailes estúpidos. Yo no tenía el ingenio suficiente para mencionar de soslayo su pésimo sentido del humor, pero le perdono porque me hizo fumar un poco de su pipa de la paz para mitigar el dolor. Gracias a eso me levanté y recompuse mi cuerpo, ya que de lo contrario no hubiese podido disfrutar de una selva apasionante y de una fauna huidiza.

Los Sunderbans son extraños y algo decepcionantes, en función de las expectativas de cada uno. Al turista normal no le dejan penetrar en muchas áreas protegidas, y es casi imposible avistar un tigre, algo con lo que nadie debería contar. Sin embargo, los árboles y sus intrincadas raíces parecen sacados de otra dimensión, y caminar por el barro es una experiencia maravillosa, sobre todo cuando te hundes hasta las rodillas y piensas que la tierra va a comerte. El mejor momento fue el crepúsculo. Alex y yo tomamos un té mientras la noche se apoderaba del delta del Ganges, y Ajay nos ofreció algunas de sus tiernas palabras, como dibujos en el silencio. Lentamente volvimos al pueblo de arrozales, encendimos nuestras lámparas de aceite y caminamos como sonámbulos entre los estanques de lotos. Al día siguiente, dos carromatos, un rickshaw, dos barcas y un tren nos llevarían de vuelta a Calcuta en un trayecto agotador e hipnótico de cinco horas. Entre medias, en una de las estrechas carreterillas de la zona, un anciano hizo volcar su carro, con él debajo. El golpe fue violentísimo y el pobre hombre yacía inmóvil en el asfalto. Nuestro conductor no se detuvo, tal vez porque ya lo habían hecho otros, y tal vez porque, como nos dijo Ajay, haciendo honor de la típica y sabia frialdad india: “I think his life is finished”. Nunca lo sabremos del todo. Me sobrecogió, sin duda, ver a la muerte tan rápida, tan implacable, tan cerca. Más sorprendente aún es comprobar lo pronto que un incidente así se olvida, se desgasta en la mente, y cómo la vida sigue sin él. Nadie se lleva las manos a la cabeza por una muerte más en un país tan superpoblado como India, y menos en una zona tan habituada a la tragedia como los Sunderbans, cuyos habitantes sufrieron un ciclón imprevisto hace tan sólo cinco meses. La muerte les habla en el lenguaje de la vida, y así es como ha dejado de existir.



Destellos de los Sunderbans (la tercera foto es un imposible,
pero estos bichos son tan hermosos...).


Dejé a Ajay, dejé a Alex. Es increíble la de rostros de despedida que acumulo, y lo mucho que me acompañan. Llevé mis trastos al Hotel Broadway, me duché, me afeité cuidadosamente, me embadurné de desodorante, me vestí bien y bajé al bar a tomar unos snacks y a ponerme pedo, ya que Trevor no iba a acudir a semejante cita, pero yo tampoco iba a ser capaz de moverme de allí hasta que los camareros me echasen. Recuerdo alzar la mirada de la mesa cada vez que oía a alguien entrar en el bar. Me gustaba soñar la imagen en la que Trevor, contra todo pronóstico, aparecía en el umbral. Ya no sólo deseaba lo que desea un varón de mi edad y circunstancia, sino una pequeña oportunidad para hablar con alguien de una forma menos superflua. No he hablado de mí mismo con casi nadie, unas veces por prudencia, pero a menudo también por miedo, todavía por miedo. Es una sensación muy opresiva que encuentra su aliado en la escritura de este blog, y a estas alturas poco me importa hablar de aspectos de mí que al lector habitual tal vez le sorprendan. Quien bien me conoce, sabe que soy un exhibicionista, y no me avergüenzo.

A las siete y cinco minutos, Trevor entró en el Bar Broadway. Tardé tanto en hacerle una seña con la mano que casi se da la vuelta, al no intuirme en ninguna de las mesas (ya he dicho que el bar es oscuro, como un local clandestino en plena Ley Seca). Lo primero que hizo nuestro canadiense favorito fue disculparse por la tardanza, a lo que siguió una larga conversación que disfruté con una locura bien disimulada, o eso creo. Bebimos cerveza, hablamos del tiempo, del país en el que estábamos, del país del que veníamos, del futuro, del presente. Descubrí datos reveladores, como que la novia de Trevor también es bailarina, pero tiene una pareja profesional distinta; también descubrí que hay islas del norte de Canadá que son puro hielo, que el bosque de Charlevoix está muy cerca de Montreal, y que encajo muy bien las decepciones. Sin embargo, no podía parar de pensar: “HE CAME! HE CAME!” (normalmente pienso y hablo conmigo mismo en inglés, menos cuando escribo). Y entre tanto énfasis callado, nos dieron las nueve y media, y Trevor me preguntó si había tenido alguna novia india, y yo le contesté con algo que llevaba mucho tiempo queriendo decir: “I’m not much into girls”. No recuerdo muy bien qué dije después porque la lengua iba más rápido que mi cabeza, pero no fue descortés; es más, debió ser bastante ocurrente, porque Trevor sonrió mucho. Le acompañé a la salida del hotel y nos estrechamos la mano. La brisa discreta de Calcuta circuló entre los dientes delanteros de Trevor para posarse luego en los míos. “Ven a verme a Montreal en tu camino a Charlevoix”. Recogí otra mirada de despedida más, con la única diferencia de que esta vez era la suya, y fui muy feliz, porque durante más de dos horas le amé todo lo que pude. Acto seguido, subí a mi dormitorio, todavía palpitando en mi cabeza “HE CAME! HE CAME!” y sin darme cuenta de adónde quería ir ni qué quería hacer con lo que me quedaba de noche, volví a bajar al bar, me senté en la barra y me emborraché. Tres siglos más tarde, justo cuando iban a cerrar, me incorporé con dignidad, volé hacia mi cama y dormí en la gloria.

Sergio. 24/10/09.

XCVIII. 600.



Un ángel se sentó a mi lado y me dijo
‘tienes seiscientos días para abrir las puertas del mundo’,
yo le contesté que no sabría por dónde empezar,
ni siquiera soy capaz de cambiar mi propia percepción,
el ángel asintió con una sonrisa y fue a hablar con otro,
‘suerte’, pensé, mientras el sol, tragado por la ciudad,
hacía asombros de un perro despellejado en la arena.


Ismael. 24/10/09.

miércoles, 21 de octubre de 2009

XCVII. Trevor ( I ).


Fue extraño dejar Varanasi y dejar a Atul. Como Diwali estaba por venir, Atul y todos los buenos hindúes como él pintaban las paredes de su casa para dar la bienvenida al héroe/dios Rama, simbolizada con la luz de las velas que su consorte Sita encendió en su día y encenderá mientras exista hinduismo y existan fieles locos por las velas, los petardos y la fanfarria. Atul no me dejaba participar en la renovación de color de su casa, así que le observé, sentado en el rellano que conducía a su azotea, mientras él teñía las paredes agrietadas de un rosa acuoso, barato. Hablamos de muchas cosas y me sentí realmente acompañado por primera vez en… no sé… mucho tiempo. A punto estuve de cancelar mi billete a Calcuta, ya que me tenía que ir esa misma tarde. Pero ahora sé que hice muy bien en seguir con mis planes, porque tengo un recuerdo breve pero consistente de ese maravilloso y digno brahmin de sonrisa cálida. Ya tengo un amigo en Varanasi al que ir a visitar en el futuro. De momento, ésta es la historia de mi semana y pico en Calcuta y alrededores y de lo que allí sucedió.

Calcuta entra de lleno en mi lista de ciudades predilectas, junto con Palermo, Berlín y Bilbao. Algo en mi interior sabía que sería así, aunque la urbe bengalí me recibió de una forma un poco desangelada, con el Cine Nandan en reformas (la única sala de cine alternativo de toda India) y una atmósfera muy relamida que me echó para atrás. Por supuesto que la alta sociedad de West Bengal es antipática (aunque menos gilipollas que la de Delhi), pero Calcuta tiene otros encantos. Siguiendo en mi tradición de no visitar los enclaves más representativos de cada ciudad, ignoré el Victoria Memorial como ya había hecho con el Taj Mahal y, en su lugar, callejeé por los contrastados distritos a primera hora de la mañana y a última hora de la tarde, cuando hacía menos calor. Lo que se abre a los sentidos es tan sobrecogedor como huidizo. Hay mucho donde mirar, y apenas puedes retener la vista un segundo sin que la marea de gente o de tráfico te lleve a otra parte o sin que un alarido, un color o un movimiento de gracia te lleven a otra esquina del lienzo. La realidad india es barroca y agotadora por naturaleza, como bien reflejan sus templos sobrecargados; tan seductora para los sentidos que es capaz de anularlos y dejarlos en blanco. Delhi se huele y Mumbai se escucha, pero Calcuta es más trágica todavía, porque se puede caminar y se puede ver. Con el ánimo abrigado de sentido del humor, uno sale a la calle y camina entre glorias coloniales, acarameladas e imponentes; árboles semi-humanos; ghats fétidos y su reverso, parques magníficos; casas modestas como naipes repartidos sobre un tapete; largas callejas donde lo privado siempre es público y donde todo es música; comida, té y moscas en generosa desproporción, como las sonrisas y los ojos atronadores de los intocables; la vida y la muerte, tan próximas, que casi son lo mismo.



Una mitad de los bengalíes se lo tiene un poco creído, sea por su prosperidad, sus estudios, su casta, o la idea que buenamente tengan de sí mismos. A ésos los ves por Park Street y alrededores y parecen llevarte a la reproducción londinense que Calcuta quiso ser en sus comienzos. La otra mitad tiene un tino muy bueno. Entre medias, varios turistas americanos y españoles, la mayor parte de ellos voluntarios, por eso de que en esta ciudad la Madre Teresa ejerció el oficio más antiguo del mundo (el de la caridad). Hay otros lugares de India en un estado mucho más lamentable y en los que nunca han oído hablar de un voluntario internacional. Todos ellos se concentran en el hospicio de la futura santa, en el barrio glorioso de Kalighat, una especie de Calcuta rural y despreocupada donde abundan la miseria y las ofrendas a Kali en su templo sacrificial. Yo fui a hacer puja una mañana y pude ver los tres ojos de la diosa y el altar donde se degollan cabras, en el que muchos fieles apoyan deliciosamente su cabeza, como esperando la espada de su madre destructora. Por mi parte, me conformé con regalar flores, quemar incienso y rezar por mis seres queridos.

Todo lo que resuena a colonial es fantasmagórico y necesario, y la Calcuta actual no podría prescindir de esa parte de su historia. Una tarde visité el Cementerio de Park Street y entendí mejor cómo debió ser la vida de esos ingleses tan alejados de sus campiñas dóciles. Todos murieron a una edad muy temprana, seguramente por las nuevas enfermedades a las que eran expuestos (¿compensación poética por las enfermedades que ellos trajeron aquí?). El número de niños muertos a los pocos meses de nacer es elevadísimo, así como el de jóvenes esposas recién entradas en la veintena y funcionarios / generales / médicos que, no pudiendo soportar la pérdida de sus familiares, murieron de pena (o se suicidaron; dicho sea de paso, en el metro de Calcuta hay muchas octavillas del teléfono de la esperanza para que la juventud no se suicide; la imagen promocional es la de un chico agarrado a las vallas de la línea ferroviaria, algo muy desalentador). El cementerio en sí es pequeño y de fácil recorrido, lo que no le resta un ápice de su fantasía romántica, esculpida en las cúpulas y templetes piramidales, como carcajadas de piedra en un camposanto creado para la literatura. Hay epitafios sorprendentes, como os podéis imaginar, pero ninguno tan currado y con tanta enjundia como el que permanece bajo la pirámide blanca más grande de todo el recinto. Lo reproduzco tal cual porque me maravilló:


HERE WAS DEPOSITED
THE MORTAL PART OF A MAN
WHO FEARED GOD, BUT NOT DEATH,

AND MAINTAINED INDEPENDENCE,
BUT SOUGHT NO RICHES,

WHO THOUGHT

“None below him but the base and unjust,

None above him but the wife and the virtuous”.

WHO LOVED
HIS PARENTS, KINDRED, FRIENDS, COUNTRY.
WITH AN ARDOUR

Which was the chief source of

All his Pleasures and all his Pains.

And who having devoted
HIS LIFE TO THEIR SERVICE

AND TO

THE IMPROVEMENTE OF HIS MIND

RESIGNED IT CALMLY

GIVING GLORY TO HIS CREATOR

Wishing Peace on Earth,

AND WITH
Good Will to all Creatures,

ON THE TWENTY SEVENTH DAY OF APRIL,

IN THE

YEAR OF OUR BLESSED REDEEMER

ONE THOUSAND SEVEN HUNDRED AND NINETY FOUR.






Me alojé en el Hotel Maria, una joya en lo que a sábanas sucias y paredes desconchadas se refiere. Compartía un patio con un buen puñado de voluntarios y algún que otro nacional, al que se le intuye fácilmente por el sonido de sus escupitajos de buena mañana. Allí conocí a Trevor, un canadiense de Montreal que ocupa el decimoquinto puesto de su país en bailes de salón. De momento, asiste a los moribundos de Kalighat hasta Navidades. Trevor es radicalmente amable y no rehúye las conversaciones entre expatriados como yo lo hago. Por si fuera poco, es harto bello. Y como os imaginaréis a raíz del título del post, “alguna importancia tendrá este chico en el devenir de la historia”. Pues bien, no tendría por qué. No me gusta contar gran cosa con los títulos. Pero en esta ocasión, sí que hay una historia; mínima, pero historia, al fin y al cabo. Lástima que tenga que concluir ahora, por los siguientes motivos:

a) Estoy en Chennai ahora mismo, un sitio que no os recomiendo, haciendo gestiones de un día antes de coger el tren que me llevará de vuelta a Kerala. Como ese tren sale a las diez de la noche, tengo que dejar mis cosas, ordenador incluido, en una consigna, si no quiero que me cobren un día más en el albergue católico desde el que escribo estas letras.
b) Quería continuar y hacer un relato larguísimo que abarcase Diwali, mi incursión en los manglares bengalíes, mi corta pero rotunda fascinación con Trevor y las conclusiones sobre mi persona que saqué a raíz de ello. Pero la recepción del albergue está llena de paisanos sin dientes que no paran de controlar lo que escribo, y así no hay manera de concentrarse. También tengo que ir al Consulado de Singapur antes de que cierren, con lo que se me ha echado el tiempo encima.

Seguiremos con todo este cotarro en pocos días. Hasta entonces, vigilen sus pertenencias, sobre todo aquellas que no se pueden hurtar.

Sergio. 22/10/09.

viernes, 16 de octubre de 2009

XCVI. A través del espejo (VI): David Simon, Ed Burns y ‘The Wire’.


Hemos llegado al final, si es que eso existe. Y cerramos este repaso (que no sirve para otra cosa que para expulsar pensamientos persistentes y dejarlos en calma) con una serie que ya no necesita presentación, después de las alusiones elogiosas que le he dedicado. ‘The Wire’ es tan extraordinaria, en todos los sentidos, que voy a tener que dividir este post en capítulos.


- Los autores del crimen.


David Simon era reportero del Baltimore Sun y Ed Burns, por su parte, un agente de policía con larga experiencia en Homicidios y Narcotráfico. Juntos se propusieron hablar de lo que mejor conocen (primer acierto), es decir, la ciudad de Baltimore. Sabían que con esa premisa podían construir una historia universal, ya que ‘The Wire’ podría ser la historia de cualquier ciudad norteamericana e incluso la historia de cualquier metrópoli capitalista del mundo. Con su conocimiento (exhaustivo es poco) del cuerpo de policía, de la política regional y de los males de la prensa eran capaces de armar una bonita estructura anti-sistema, y seguramente lo sabían, pero no se contentaron con eso. También observaron detenidamente a las personas que compondrían ese fresco, porque Simon y Burns son, entre otras cosas, guionistas natos. Y añadieron nuevos espacios, nuevos personajes, nuevas relaciones entre los distintos mundos de Baltimore. Y surgió ‘The Wire’, la obra audiovisual que salvaría en primer lugar si un incendio amenazase con arrasar todas las copias existentes de todas las películas y series de la última década. Porque verla con atención me parece casi de rigor. Porque con ella se aprende a entender, a apreciar y a perdonar el mundo en que vivimos. Porque se atreve a ser didáctica sin caer ni un solo momento en el paternalismo ridículo de tantos otros. Porque es sincera, brutal, hermosa hasta el dolor y maravillosa.


Simon y Burns nunca han sido reconocidos por su trabajo. Nadie que haya participado con ellos, realmente, ni actores ni técnicos. Tan sólo menciones en algunos premios menores, el halago incontestable de la crítica y el entusiasmo de cada vez más televidentes. Fue nominada dos veces al Emmy al mejor guión, perdiendo las dos. De hecho, han vuelto a perder este año por reinventar la tocada de huevos con la mini-serie ‘Generation Kill’. Y, sin embargo, no han podido callar lo que ya es un secreto a voces: que ‘The Wire’ es la perfección hecha tele, y que Simon y Burns son los creadores más dotados del medio.



- De qué va todo esto.


‘The Wire’ es una historia de polis y cacos, de cómo los chicos buenos solucionan el crucigrama para poner entre rejas a los chicos malos. Pero hay diferencias sustanciales entre lo que hace C.S.I. con esta premisa y lo que se hace en esta serie.


a) En la vida real, los buenos no suelen solucionar el crucigrama, y si lo hacen, lo más probable es que el resultado no interese a nadie. Es decir, que los buenos no ganan casi nunca. Pues bien, ‘The Wire’ se toma tan en serio a sí misma (en el buen sentido) que lleva esto a rajatabla.

b) Los malos pueden ser carismáticos e incluso entrañables, pero casi siempre son malos, aunque se les redima y acaben sus días en algún retiro espiritual. En ‘The Wire’, los malos también pueden ser buenos. Y los buenos, malos. Según en qué contexto, para qué propósito, bajo qué circunstancias. Las líneas divisorias entre buenos y malos no es que estén difusas; directamente, no existen.

c) No siempre se trata de ser bueno o de ser malo. Vivimos en un mundo interconectado, donde las repercusiones de una acción pueden escucharse al otro lado de la ciudad y condicionar el futuro de un completo desconocido. Eso es política, pero eso es la vida también. ¿Qué responsabilidad tiene el que lanza la bomba por orden ajena? ¿Qué tipo de consumo he de hacer para no justificar la explotación capitalista de un país subdesarrollado? Nadie se había atrevido a tratar tan sencillamente la compleja red de dependencia que hace avanzar a nuestra sociedad.




La mayor parte de las series presentan, por un lado, la esfera pública en la que se mueven los personajes, identificada con su lugar de trabajo o de reunión, el lugar donde deben ponerse de acuerdo para desarrollar un objetivo común, bien sea coordinar un negocio funerario en ‘Six feet under’ o mantener en la opulencia a una familia mafiosa en ‘Los Soprano’. Luego viene la esfera privada, el estudio de la individualidad de los personajes y de sus relaciones afectivas. No es habitual ver ambas esferas separadas, ni deseable, pero sí es cierto que la segunda es, para muchos, prioritaria, en tanto que creen que es ahí donde reside la humanidad o el alma de la historia. Sorprendentemente, ‘The Wire’ está siempre pegada a la esfera pública, y se podría decir que la serie trata casi exclusivamente de eso: qué significa vivir en comunidad y qué parte de nosotros mismos debemos sacrificar para sacar adelante un interés que, ¡sorpresa!, no tiene por qué ser común, sino que puede ser el de alguien a quien nunca le veremos la cara, y si se la vemos, seguramente se estará riendo de la nuestra. Eso es el capitalismo. Y lo bueno de esta serie es que, de alguna forma que todavía sigo estudiando, Simon y Burns se las ingenian para que los personajes no naufraguen entre tanta dialéctica propia de la esfera pública. ‘The Wire’ es puro músculo, es acción clásica: los personajes hacen algo y evolucionan al mismo tiempo con una contundencia que hace temblar. Y también se emborrachan y hacen el amor, cómo no. Pero eso es un cinco por ciento. La serie es mucho más democrática que todo eso. Tanto que acaba teniendo, al final, el número mareante de treinta personajes en la palestra. Y todos funcionan de forma impecable, como en una función digna de Robert Altman.



Hay pocos temas que no se traten en ‘The Wire’, y hacer una lista de ellos sería bastante tedioso. Sí es cierto que cada temporada es temática, pero la serie nunca se centra exclusivamente en una sola cosa: la primera es bastante genérica y establece el leit motiv de la lucha contra la violencia callejera empleada por los narcotraficantes; la segunda habla de los sindicatos y la corrupción portuaria; la tercera, algo más abierta, enciende la mecha política y los entramados dentro del ayuntamiento de Baltimore; la cuarta se centra en el sistema educativo; y la quinta y última, en la prensa. Aunque a priori nada de esto parezca especialmente divertido, lo curioso es que resulta incluso apasionante. A pesar de no entender nada de nada y tener que ponerte algunas secuencias dos o tres veces porque las ideas van mucho más rápido que tú. A pesar de que hay episodios en los que no ves mucho más que una sucesión de despachos y conversaciones oficiales. ‘The Wire’ silencia a los personajes de dramatismo fácil y las soluciones comunes y se escuda en un conflicto áspero, siempre significativo: ‘¿qué tenemos encima de nuestras cabezas, nosotros que no somos más que peones?’. El juego, tal y como lo llaman en las calles de Baltimore, es el auténtico corazón de la serie. Lo podemos aplicar a los tribunales o a las esquinas donde se venden anfetas, pero el juego es el mismo para todos ellos. O como dice Omar Little: ‘tú usas tu maletín, yo uso mi pistola’. El juego es ganar o perder. Y en democracia, a todos nos prometen una oportunidad para ganar, si sabemos mover bien nuestros peones. A quien le importe una mierda ganar o perder, saldrá fuera del juego. Pero también de la sociedad que todos conocemos y compartimos, y que, entre todos, construimos.


- Cómo lo han hecho para que no sólo funcione y no aburra, sino para que te vuelva además completamente loco de emoción.


Ya decía que el aspecto más alabado de ‘The Wire’ es su facilidad para armar tramas, conflictos, y relacionarlos de tal forma que el organismo resultante sea como una de las piezas de acabado perfecto que tanto le gustan a Lester Freamon, uno de los pilares de la serie. Nadie puede compararse a Simon y Burns en este logro tan apabullante. La contrapartida es que, en el principio de cada temporada, se abren muchos caminos que el espectador tarda en justificar por su propia cuenta, hasta que la historia demuestra, al final, que siempre han servido para un propósito ulterior. Eso exige confianza en la propuesta y paciencia. Una vez sigues la corriente, la recompensa es tan gratificante que no se puede explicar con palabras. En la serie se hacen menciones constantes al hilo que hay que desenrollar para encontrar al criminal en cuestión, lo que no deja de ser una metáfora sobre la propia narración y el planteamiento coral que Simon y Burns manejan para hacernos entender que las cosas no suceden de forma aislada, sino en una especie de concierto coral que el azar o la lógica se encargan de orquestar. Las consecuencias no siempre son del gusto del consumidor, evidentemente. Eso a los guionistas se la suda. Y tanta cabezonería, estudio e implicación con la verdad acaba dando sus frutos, aunque el resultado sea seco, complicado, difícil de digerir.


‘The Wire’ es tan clásica como John Ford y, sin embargo, es capaz de lanzarse sin paracaídas en numerosas ocasiones, imitando la capacidad de sorpresa de la realidad a la que pretende modelar y explicar. Por si hubiera gente que le achacase un ‘exceso de estructura’, Simon y Burns dejan que el halo imprevisible / fatalista de la vida haga su función cuando el espectador menos lo espera. Ser clásico y ser imprevisible al mismo tiempo es una gozada que no está al alcance de cualquiera. Y sucede que ‘The Wire’ tiene las mejores muertes que se han visto en televisión, de ésas que te dejan paralizado durante unos segundos que no olvidarás mientras vivas… y antes de que te preguntes por qué, entenderás que una solución así era la mejor que se les podía haber ocurrido. Eso es talento.


- Carne, hueso y alcohol en vena.


Y entre tanto objetivo noble, entre tanto estudio sociológico y entre tanta superestructura, ¿qué hay de los personajes? Ésos que nos enganchan, que nos hacen preocuparnos por sus vidas hasta el punto de olvidar las nuestras. Hay unos cuantos de ésos. En primer lugar, nadie tiene asegurado su protagonismo, aunque toda serie necesita un rostro a quien llamar “protagonista” y en ‘The Wire’ ése es Jimmy MacNulty. Antihéroe típico de Billy Wilder, el desastre humano que es MacNulty se conjuga con un sentido del deber policial que le convierte en la voz más revolucionaria de todas. Sus actos son tan discutibles como los de cualquier protagonista postmoderno, con la diferencia sutil de que a MacNulty te lo crees más, y con la diferencia menos sutil de que la serie se permite prescindir de él a lo largo de toda una temporada sin que la historia sufra la más mínima brecha. Tras él tenemos al genial Bunk Moreland, a Lester Freamon (cuya presentación cautelosa es el secreto mejor guardado de la primera temporada) y a Kima, la protagonista femenina que, en un mundo de hombres devoradores, le toca hacer de lesbiana. Este cuarteto (contaminado por muchísimos más personajes) tiene su esplendor en el primer tramo de la serie, y sólo Freamon y MacNulty mantendrán un cierto status protagónico, sin duda merecido, sobre todo para el primero. Sus mejores momentos policiales son aquellos en los que se ponen pedo y tienen resaca al día siguiente. Hay borracheras antológicas. El teniente Daniels casi nunca participa de ellas, pero a mí es el tipo de uniforme que más me estimula, más que nada porque soy fan de Lance Reddick, el actorazo que le da vida (al que muchos recordaréis por ser el negro que visita a Locke y a Hurley en ‘Lost’).


MacNulty y Bodie, uno de los ‘corner boys’ más antológicos.



Los chicos malos son Stringer Bell, Avon Barksdale y Marlo Stanfield, unos negros muy, muy peligrosos, interpretados con fuerza, ingenio, contención y maestría. Pero ellos sólo son los jefes. Casi más interesantes que ellos (y ya es difícil) son los peones, los ‘corner boys’, los que ponen el producto en el mercado y los que tienen que caer para que la cúpula nunca se desmorone. Hablar de ellos sería como cruzar un campo minado, ya que no quiero insinuar nada que puede empañar el disfrute de todo aquél que no haya visto la serie. Sólo diré que muchos de los ‘corner boys’ no son siquiera intérpretes, sino chavales de la calle con una terrible fotogenia y un talento natural que socava la pantalla. A partir de la cuarta temporada conocemos al relevo, unos niños de instituto que se desenvuelven en este mundo por proximidad, por obligación, por deseos personales. Su retrato es uno de los hallazgos más milagrosos de la serie, y aunque algunos tienen más importancia en el futuro que otros, Simon y Burns adoran a todas sus criaturas y siempre saben recordarnos qué fue de ellos en el momento preciso, sin escatimar en el hiperrealismo de sentimentalismo nulo que tan bien controlan. Uno de estos chicos se llama Duquan, y su historia, dentro de que es un arco argumental menor para el conjunto de la serie, es la más desgarradora que he visto nunca. Su final sólo es comparable a conclusiones como la de ‘El árbol de los zuecos’ o ‘Subarna Rekha’. Vuelvo a reproducir las imágenes en mi mente, y me reafirmo: no se ha filmado, para mí, nada tan devastador. Se me pone la piel de gallina al recordarlo.



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Duquan me ha hecho emocionarme y preocuparme
de una forma insólita.



Y como no sólo de realismo vive el hombre, el gran icono de ‘The Wire’ acabó siendo su personaje más romántico, más inverosímil: Omar Little, el Robin Hood negro que roba a los narcotraficantes para vivir plácidamente con el novio que le toque y, por qué no decirlo, para tocar los cojones. Omar Little es el personaje favorito del presidente norteamericano y último premio Nobel de la Paz (ni siquiera me pronunciaré al respecto), Barack Obama, según declaraciones suyas o de su redactor personal. No es para menos, Omar mola un huevo, como su actor, Michael K. Williams. Incluso en su increíble y agónico “salto” de la quinta temporada, único momento en que la serie se adentra en el terreno fantástico. Si alguien se merecía esta salida de tono, era Omar.




- En fin…


Maldito el día en que me interesé por ‘The Wire’. No paré hasta vérmela entera, y ahora echo de menos esa sensación de empezar cada capítulo con una cita extraída del episodio, y las sesenta horas de serie me parecen pocas. Otro aspecto insólito es que cuesta escoger un capítulo favorito, porque todos sirven para algo y no consiguen destacar, dada la excepcionalidad de cada uno de ellos. Sin embargo, creo que el último episodio, de hora y media de duración, es posiblemente el mejor, y no sólo de la serie, sino el mejor, en general. En lo que respecta a temporadas, es difícil no decantarse por el inmejorable manejo de la cuarta entrega, desarrollada parcialmente en las aulas de un instituto, y por su brutal resolución en el magnífico ‘Final grades’.


‘The buys’, ‘Cleaning up’, ‘All prologue’, ‘Middle ground’, ‘30’… son sólo algunas de las más grandes horas de televisión que se puedan concebir. Si las habéis visto, comentad con ardor, y si no las habéis visto, no sabéis lo que os estáis perdiendo. Termino con dos citas de la primera temporada, tan astutas como honestas. Salud.


“I f you never play, you never lose.”


“The king stays the king.”



Sergio. 16/10/09.