lunes, 4 de mayo de 2009

LIV. Cotarros del 5x14 de ‘Lost’: ‘The variable’.


Vaya tema. Lost hace, con éste, cien capítulos. Se dice pronto. No creo que hayan hecho nada especial para conmemorarlo, porque The variable es un gran episodio, pero como tantos otros de la saga isleña. Sin embargo, hay muchas cosas que lo hacen apasionante. La fundamental es que se trata de un episodio de la quinta temporada, cuyo arco argumental, a pesar de tener algunas sombras e imprecisiones, nos está sirviendo un preparado espacio-temporal bastante digno. Pero luego vienen el destino, las tensas y traumáticas relaciones paterno-materno-filiales, los giros, las explicaciones, la violencia y la tragedia griega.

The variable no es The constant. Éste era un episodio cien por cien de Desmond, un maravilloso relato de amor mezclado con fantasía, una historia auto-conclusiva en la que todos los ingredientes eran brillantes, en especial el guión y la realización. Este es un episodio cien por cien Faraday, y el resultado no podía ser más edípico y verborreico, con todo lo bueno y lo menos bueno que eso conlleva. La vinculación entre Desmond y Dan se diluye notoriamente. Esto puede ser por dos causas: Faraday, efectivamente, muere al final del episodio, como espero que suceda, y deciden dedicarle unos minutos finales a la altura de su importancia (que la tiene); o el actor Henry Ian Cusick, que lidia recientemente con una acusación judicial por acoso sexual, ha sufrido las iras de los productores, que no toleran conductas réprobas, y su trama pasa a un segundo plano (ya vimos cómo de caro lo pagaron Libby y Ana Lucia, y eso que sólo habían conducido borrachas).

The variable es un capítulo que se explica por su final, y por ello se disfruta y se entiende mejor tras un segundo visionado. Los personajes principales también se ven, por fin, contra las cuerdas. Me dan especial lástima Sawyer y Juliet, y la verdad es que me identifico bastante con su actitud. El plano en que la rubia de hielo le dice a Kate el código de la valla (¿para que se aleje de su hombre?) es casi lo mejor del episodio. Jin se conforma con decir su frase de rigor. Y Jack aprovecha la oportunidad de desmarcarse del liderazgo del señor La Fleur, aunque no sepa muy bien lo que está haciendo. Eso sí, el doctor me está cayendo mejor desde que se dedica a planificar huídas aparatosas, confía en los planes de los locos de turno y olvida parcialmente sus habilidades médicas (y pragmáticas), ya que sólo le vemos poner una tirita en el cuello de Faraday. Una rozadura de bala no es para tanto.

Sin embargo, me gustaría analizar tres disciplinas por separado para sacarle todo el jugo a esta variable:

a) La dirección de Paul Edwards. Como relevo de los dos grandes empleados de la casa, Jack Bender y Stephen Williams, el tío lo hace muy bien. Puede parecer algo desaliñado, pero sus desencuadres, sus escorzos molestos y sus paneos locos le dan mucha más intriga y ritmo a los acontecimientos que esa música tan ensordecedora que nos está regalando Michael Giacchino. Además, las escenas de acción están muy bien solucionadas, provistas de detalles muy físicos y expresivos (como los cristales rotos del parabrisas sobre el rostro de Kate), y la ubicación espacial de los personajes siempre está muy cuidada. Soy fan.

b) El guión. En mi opinión, lo mejor y lo peor del episodio. Lo mejor, porque vuelven a lograr lo que ya viene siendo una costumbre y una identidad: un mini-puzzle donde todas las piezas convergen en un final necesario, inevitable y antológico. La historia de una madre monstruosa tutelando el destino de su hijo (“my job is to keep you in your path”) con una mezcla de frialdad asesina y arrepentimiento me puso los pelos de punta. Además, el capítulo no da pie a tiempos muertos, el encuentro con Charlotte es convincente, los flashbacks son muy buenos y reveladores y la larga exposición de Faraday sobre el incidente de la escotilla como el ‘año cero’ de todos los acontecimientos que dan origen a ‘Lost’ es muy vistosa. Pero el guión también es, paradójicamente, lo peor, porque podría haber dado más de sí. Y porque hay algunas cosas que no encajan. ¿Por qué Faraday pasó tanto tiempo en Ann Arbor? No acaba de explicarse concretamente, aunque intuimos que es por eso por lo que sabe todo lo que va a pasar en las próximas cuatro horas. Tampoco dice, claramente, por qué su madre se equivocó (ella dijo que si no se recreaban de la mejor manera posible las circunstancias del primer choque el resultado sería imprevisible), y se va por peteneras cuando Jack se lo pregunta. Y el tema de la variable… está un poco pillado por los pelos, en mi opinión. La convicción repentina de que se puede cambiar el pasado porque las personas tenemos libre albedrío no es tan sesuda. Habrá que ver en que degenera, o no, el tema de la bomba de hidrógeno y de la futura escotilla. Pero esto no quiere decir una crítica negativa hacia el episodio. De hecho, a pesar de las variables, creo que el guión encierra una historia maravillosa que lucha por desplegar todo su arsenal dramático. Pero esto es la tele, no lo olvidemos.

c) La interpretación. Esto es muy divertido. Fionnula Flanagan ya es una vieja conocida desde su revelación como el ama de llaves de ‘Los Otros’ o, posteriormente, como la madre de Felicity Huffman en ‘Transamerica’, entre otros muchos papeles. Mostrando siempre un repertorio casi ilimitado de muecas y payasadas, su Eloise Hawking es un personaje que sería ridículo regalar a la contención. ¿Para qué? La Flanagan lo hace suyo y el resultado es siempre excesivo, siempre por encima, todo subrayados y exclamaciones. Qué tino tiene esta mujer. Atención a su gran frase: ‘por primera vez en mucho tiempo no sé lo que va a pasar a continuación’; o la secuencia en la que convence a su hijo para que vaya a la isla (ay, cómo le tiembla la boca a la muy teatrera). Jeremy Davies, al que ya habíamos visto de secundario en ‘Dogville’, es el actor encargado de dar vida a Faraday y a mí, personalmente, me parece bastante insufrible. Él y la Flanagan son dos que tal bailan. Por momentos (la comida en el restaurante hindú) pensé que se iban a quedar babeando y con los ojos en blanco. A Jeremy Davies no hay quien le entienda cuando abre la boca para soltar esos gemiditos. Menos mal que Alan Dale (Widmore) es un tío de los de la vieja escuela, y cada palabra en su boca es un mundo.

Estas son algunas de las dudas y de las chabacanadas post variable. Me encantan las caras de Kate y las repeticiones que tiene que sufrir el pobre Richard Alpert cada vez que viene alguien del futuro a alterar su taza de café: ‘Do we know each other?’. Como siempre en Lost, ardo en deseos de que pase una semana, y otra, y otra… Ah, no, que esto se acaba. En próximas entregas, un especial sobre las season finale de esta serie tan de traka. ¿Soy el único que no puede aguantar más tiempo sin ese trío de ases (Locke, Ben, Sun)?

Sergio. 01/05/09.

lunes, 27 de abril de 2009

LIII. Así que quieres trabajar en India, ¿eh, tunante? (Parte I).


Suena el Canon de Pachelbel en el móvil de algún ejecutivo indio. Estoy en mi habitación del Greenlands Lodging y el tráfico se las arregla para mezclarse con la sintonía del ventilador. Estoy sudado y cansado, pero hoy ha sido un día de traka y, aunque no llegue a ninguna parte en mis aspiraciones laborales, tampoco tengo muchos motivos para sentirme triste. Los indios siempre acaban alegrándote el día, de alguna extraña forma.


Cuando llegué, hace casi una semana, volví a Chalachitra Academy, sólo que esta vez no coincidí con la bella Parvathy. Allí me tomaron por galo y me enviaron a la Alliance Française, donde tampoco tenían ni idea de cómo ayudarme (a todo esto, yo tampoco tenía mucha idea de que me creyeran francés; si no, me hubiera ahorrado el viajecito). No hay nada parecido a un consulado español en el sur de la India, así que tuve que acudir al Señor Google y a su vasta sabiduría. En Trivandrum hay varios estudios de cine repartidos por las colinas circundantes, pero llegar a ellos es una odisea y una pérdida de tiempo. De modo que visité otros sitios más corporativos, y me siguieron mareando, y volví a parar en Chalachitra, donde dije, vamos a ver, dadme sólo alguna dirección donde acepten mi bello curriculum traducido al inglés, por favor, trabajáis con películas, directores y técnicos, organizáis festivales de cine, ALGO TENÉIS QUE SABER, ¿NO? Todo esto en un inglés cada vez más torpe. Prometieron ayudarme y me enviaron a una especie de estudio roído y maloliente donde un amigo de un amigo de un amigo trabaja en la edición de tráilers y comerciales. No me ofreció curro, pero sí clases gratuitas de Premiere. Se agradece.


En algún momento de mis recorridos por el asfalto levantado de Trivandrum me encontré con un hombre que me puso en contacto con un amigo suyo que me invitó a una fiesta donde habría muchos extranjeros a los que podía comentarle mis cuitas. Así, como caído del cielo. El sitio era un hotel llamado Molly’s, y el lugar era ni más ni menos que Kovalam, la Costa del Sol de Kerala, más concretamente en la playa de Samudra, un sitio bastante deprimente en temporada baja. Allí tuve que vérmelas con un indio empeñado en que esnifase polvos de dudosa calidad y procedencia. Tardé casi una hora en escapar de sus garras. El pobre necesitaba que yo tuviese alguna adicción, y yo necesitaba, realmente, que me dejasen en paz. La cosa terminó bastante bien. Me inventé una vida paralela a la mía para estimular mi tedio y me fui a Molly’s, donde la compañía no iba a ser mucho mejor.


Todo el mundo allí pertenecía al club Overseas. Yo, como no era un chico Overseas, tuve que abonar pasta, para ni siquiera probar la piscina (no llevaba bañador, así que no me iba a poner a correr en calzoncillos delante de un puñado de escoceses homosexuales entrados en años). Una chica muy rubia y muy canadiense se puso a hacer versiones de esas canciones ñoñas que tanto me gustan; en pocos segundos, detesté toda mi discografía de cabecera. La comida era occidental, o mejor dicho, británica, que viene a ser un refrito mal hecho de todos los platos europeos. Me sentaron con los viejos de los que intentaba huir, y con un alemán tenebroso que decía cosas harto incómodas, como ‘le gustas a Bill’ o ‘¿tú eres gay?’. Menos mal que yo iba a lo que iba, y conseguí contactos.


Uno de ellos se llama Rajiv, un indio de pelo blanco y cara infantil, un cruce entre el muñeco diabólico y el padre de Laura Palmer en su etapa canosa.



La familia política de este hombre es una insigne dinastía cinéfila: su suegro y sus tres cuñados son directores de cine. Todos bastante conocidos en India. Al suegro le llamaremos Calzador, un anciano director de renombre al que conocí apenas unas horas, en su mini-despacho pegado a la Mahatma Ghandi Road (todas las ciudades indias tienen una MG Road). Si Rajiv ya me había inquietado con su forma de cambiar constantemente de conversación y de tono, canturreando y hablando y riendo sin ninguna lógica externa, Calzador no iba a ser menos: sentadito en su sillón de honor, con los ojos más pequeños del mundo y la mirada más inescrutable, parecía un sapo metido en una cámara frigorífica. El tío ha hecho mucho, pero no sabe dónde está Madrid. Gente menos preparada sabe quiénes son Saura, Buñuel y Almodóvar. Dijo que él hacía art films, películas que ganaban premios en festivales. Lo decía con orgullo. Es una cosa muy típica del carácter indio y no hay que prestarle mucha atención, pero me hizo gracia: ‘yo hago películas que ganan premios…’ Ay, Calzador. No sé si me ayudará o no, pero me dijo que le enseñase mis historias y se podría hablar de futuras colaboraciones. En fin, las palabras se las lleva el viento. Por lo menos se quedó con mi curriculum y ya sé dónde encontrarle.


Otro de los contactos surgidos de la noche etílica en Molly’s (había que amortizar la entrada; luego me enteré que las bebidas iban aparte…) fue una española, María. Bueno, su historia es particular. María es la nieta del último monarca de las Islas Maldivas. Cuando llegó la república, el descuidado rey no sabía donde caerse muerto, así que la familia real dio tumbos por todo el mundo hasta establecerse en la Ciudad Condal. Ahora María vive con un indio en Trivandrum, desde hace diez años, y todavía tiene visado de turista. Es una tía muy fuerte. Lo importante es que tengo posibilidad de alojarme en alguna de las habitaciones vacías de su mansión. Ayer tantée el terreno y me auto-invité a una sesión de pasta y cricket con ella y con su marido. Los Mumbai Indians destrozaron a los Kolkatta Knight Riders por 93 puntos de diferencia. María ha sido la primera en explicarme la fascinación del cricket, y también en ofrecerme una interpretación objetiva y coherente de la guerra civil en Sri Lanka. Os tendré al tanto de mis nuevas redes sociales, entre las que se encuentra, además, Sasi, un indio que también quiere gestionarme un alojamiento gratuito, y que se ha ofrecido a pagarme algunas clases de español en cuanto me establezca, y también a conseguirme varios alumnos. Añadió que le falla la memoria y que debo llamarle todos los días.


Shahrukh Khan abrazando a los Kolkatta Knight Riders.


Todo es muy caótico e informe, y mi número de teléfono indio está pululando por toda la ciudad a un ritmo vertiginoso. Me llama gente que no soy capaz de distinguir y las paso canutas. Pero, como dije al principio, siempre hay una sonrisa o una broma que endulza los sinsabores de la jornada (el portero del hotel, deseándome dulces sueños y meneando su bigotito…). En los ratos libres, sigo escribiendo y viendo cine. Os tengo que hablar de John Abraham, pero prometí brevedad. Salud a todos. Y, ya que el Sporting nos está poniendo al borde del delirio, por lo menos que pierda el Madrid.


Sergio. 27/04/09.

domingo, 26 de abril de 2009

LII. De lo que encontré en Bhimapalli.


Estoy buscando un trabajo en Trivandrum. Esa actividad ha devuelto el acné a mi rostro y merece un capítulo o varios capítulos aparte. Es demasiado sórdido, surrealista y patético. A veces, incluso divertido. Pernocto en el mismo hotel en el que quisieron atribuirme una mancha de tinta en una sábana, básicamente porque es el mejor y el más barato. Se acuerdan de mí, no obstante. Puedo soportarlo, ya que mi primera opción hostelera me salió un poco rana (demasiados mosquitos y cortes de agua al mismo tiempo).

¿Qué es Bhimapalli? Es el nombre que recibe ese suburbio musulmán del que ya os hablé el mes pasado, donde me he enterado que se puede conseguir cualquier película. Y con eso quiero decir, literalmente, ‘cualquier película’, por extraño que parezca. Ya había visitado Bhimapalli en mi búsqueda de películas malayalis y de otras cosas más pedantes. Recién llegado a Trivandrum, estaba febril y ansioso por ver cine y adquirirlo a ese precio tan ilegal. Bhimapalli sufre una redada policial una vez al año, más que nada por costumbre; nadie puede derribar el mini-imperio cinéfilo que ha germinado en la miseria costera. No es el mejor sitio para pasear de noche, desde luego, pero a la luz de la tarde, con un mar revolucionado, unas cuantas capillas católicas, mezquitas fosforescentes, canchas de fútbol improvisadas, raudales de basura y millones de películas latiendo en sus estanterías y cajas de cartón, Bhimapalli es un asalto a los sentidos. Junto con el East Fort, es mi parte favorita de Trivandrum, una ciudad-horno con muy poco que hacer y, aun así, muchos sitios adonde mirar en busca de consuelo, compañía, distracción o desesperación. Aquí cocinan un biryani muy rico y me gusta cenar masala dosa en un Indian Coffee House en forma de torre de Babel, con las mesas vertiginosamente inclinadas y repartidas en un pasillo en espiral algo lúgubre.

Echo de menos a todo tipo de gente que mezclo grotescamente en mi memoria, indios y españoles, familiares y amigos. En mis sueños, a veces, organizo fiestas con unos y otros y nos decimos cosas que olvido antes de poner un pie en el cuarto de baño y recibir el nuevo día. Estamos condenados a no comprender los mecanismos de la memoria, tan aleatorios y sorprendentes como son.

Vuelvo al cine. Me he hecho una pequeña filmoteca con copias de calidad muy alta. Estoy encantado con ellas. Espero sobrevivir así a los largos parones entre las expectativas de empleo y las expectativas creativas, aún peores. Éstas son algunas de las películas que estoy viendo, seguidas de las conclusiones pertinentes, aplicadas al análisis y desarrollo de mi guión maldito. Esto puede no despertar mucho interés. Lo asumo.

‘Francesco, giullare di Dio’ es una película que me vuelve loco. Ya he comentado alguna vez que me gustan mucho las monjas y los frailes. También me gusta mucho Rossellini, pero nunca como en esta obra maestra. Hay muchas cosas que aprender de ella: la humildad de los personajes aplicada a la puesta en escena, por ejemplo; el trabajo inteligentísimo con actores no profesionales, y el diálogo mudo que tiene el único actor profesional, Aldo Fabrizzi, con el maravilloso fraile que pone rostro al padre Ginepro, toda una lección de interpretación; el guión, que a partir de viñetas sencillas alcanza unas metas profundísimas; lo divertida que es, en resumidas cuentas. Adoro el episodio del leproso, como es natural. Especialmente cuando éste se gira con incredulidad y mira San Francisco, como cerciorándose de que su abrazo no ha sido una ilusión provocada por la luna llena. Soy muy fan de lo que le dice San Francisco a un pájaro mientras está orando entre unos matorrales: ‘canta un poco más suave’. Cuando la serenidad, la sencillez y la hermosura de esta película dejen de anonadarme, intentaré aprender de ella.


‘The river’ de Jean Renoir es una película que ya había visto, doblada al español. Luego la grabé en VHS, subtitulada, pero no sé qué fue de la cinta. La tenía muy viva en mi memoria, o eso es lo que pensaba, y aún así necesitaba verla más veces por eso de ser una historia occidental rodada íntegramente en la India y entroncada en la filosofía y las costumbres bengalíes. Renoir parte de las experiencias y la educación sentimental de una escritora británica criada a orillas del Ganges, co-escribe con ella el guión y se empapa de la seducción india con una facilidad pasmosa para crear una de las películas mejor dirigidas que he visto nunca. El salto del documental a la ficción es casi invisible y los dos géneros se retroalimentan con la ayuda de una voz en off nada artificial y que no se impone sobre el resto de voces, músicas y sensaciones que se abren mágicamente en cada uno de los planos. Y qué planos. Vuelve a sorprender, como en Rossellini, la sencillez, que mucha gente podría confundir con comodidad. Por ejemplo, el comportamiento de la familia protagonista ante la muerte de su único hijo varón podría ser tildado de superficial. Lo difícil es dejarse llevar, como espectador, por el estoicismo y la sabiduría de unos personajes que siguen adelante con sus vidas, sorteando los clichés del melodrama sin que, además, se note en ningún momento. Es una película de su tiempo (1950) que, a su vez, demuestra una personalidad impropia de su tiempo. Pienso en lo fácil que es abrazar el sentimentalismo cuando escribes sobre hechos traumáticos. A menudo, se desea inconscientemente el punto de vista más morboso, más efectista, debido a una rapidez emocional que no hace más que dilatar y devaluar el mensaje. Luego piensas en el porqué de esas películas que te devuelven a la vida con la sensación de ser mejor persona. ¿Cúal es su secreto? ‘The river’, en su manejo del dolor, de la felicidad efímera y del recuerdo, es digna de todas las atenciones. Como para verla día tras día.


‘Le journal d’un cure de campagne’ de Bresson es otra película de 1950. Las tres películas que estoy comentando lo son, y no me había dado cuenta hasta ahora. Las tres son altamente religiosas (el género que más me tira ahora, qué lo voy a hacer). Yo quería que mi personaje se pareciese al cura de Bresson, a San Francisco de Asís: un personaje de bondad manifiesta que se atormentase por su pecado original. En cambio, me ha salido un seminarista pedante, muy lejos de la humildad necesaria para conseguir una identificación (o, al menos, el tipo de identificación que yo estoy buscando). El cura de Bresson muestra su debilidad y el muro que le separa del mundo desde la primera secuencia. Enseguida le vemos seguir una dieta estricta de vino de mesa azucarado con pan. Es evidente que está precipitando su propia muerte por cáncer estomacal, muerte que abraza secretamente y no sin un acusado sentimiento de culpa. Paradójicamente, intenta predicar lo que él no es capaz de conciliar. La voz en off constante se justifica por el género epistolar. Sorprende que, a pesar de subrayar descaradamente lo que ya vemos en la imagen, no caiga en la vacuidad o en el ridículo. Bresson nunca da demasiado, pero tampoco se queda corto. El equilibrio milagroso de Bresson es uno de los enigmas más fascinantes que se puedan conocer.

Sigo instruyéndome en Adoor Gopalakrishnan, al que se la unido uno de los mitos de Kerala, el insigne John Abraham, que acabó tirándose desde la azotea de un edificio, completamente alcoholizado. Muchos directores de cine se suicidan en India. Alegan estrés por parte de los productores. La verdad es que mucha gente se suicida aquí, no sólo los directores de cine. El caso de Abraham era una historia de auto-destrucción manifiesta; el pobre nunca se lavaba, ni comía, ni se apartaba de su ebriedad cotidiana. Me muero por ver dos de sus cuatro películas, joyas importantes del cine de autor de los setenta y los ochenta.

Como algunos habréis adivinado, vivo una etapa en la que todos mis demonios están por ahí fuera. Reconducir mi guión es una pesadilla alternada con momentos de calma. La incertidumbre laboral no ayuda mucho. He retardado el momento más comprometido de mi estancia en India, que viene a ser la estabilidad económica, y eso tiene sus consecuencias. De ello hablaremos en breve, queridos amigos. De momento, no me voy a convertir a ninguna religión ni me voy a abandonar a la meditación, aunque a veces me sorprendo acariciando las raíces de algunas higueras imponentes, o contemplando el sorprendente puja (ofrenda) a la diosa Ganaphaty, consistente en romper cocos contra la piedra de una fuente (son su fruto favorito). Todo bastante inofensivo, de momento. Salud.

Sergio. 26/04/09.

lunes, 20 de abril de 2009

LI. Padmini.

Estamos que lo tiramos. Yo que me he pasado semanas sin poder acceder a ninguna imagen original, y ahora hago dos post seguidos de lo mismo. Estoy intentando comercializarme, por si no os habéis dado cuenta.






Esta no es mi casa, pero es el edificio central. Aquí es donde desayuno, como y ceno, donde pago mis facturas y donde observo las tácticas culinarias del sur sin ningún provecho (me temo). La mujer india que domina el porcentaje de fotografías es Padmini, la chef. Decir que Padmini tiene tino es una redundancia. Padmini es el tino. He de reconocer que hasta hace poco no sabía su nombre. La afluencia de turistas me aisló en mi casa y me hizo pernoctar más tiempo allí que en el edificio central. Con la temporada baja, Padmini y yo hemos estrechado nuestra relación, a pesar de que no nos entendamos nunca. El otro hombre que cocina es Linu, que compite en simpatía con Binoi.

Y ahí tenéis al famoso Kurien. Ambos vestimos mundu, el doti blanco con el que podemos ir a cualquier recepción formal. Padmini al fondo.



Éste es el lugar de reunión del Teto’s Brothers Club. Hoy me despediré aquí de mis amigos, casta y sobriamente, aunque tal vez me convenzan y vuelva para la boda de la hermana de Kiran. Recuerdo cuando crucé ese puente por primera vez. Esta imagen es muy significativa para mí.



Algunas instantáneas playeras e imágenes de los alrededores, entre las que se encuentra la pesca de mejillones y la música ambulante.






Kannur, esa ciudad que tanto me asustó al principio, reivindica ahora un lugar de honor en este repaso. La verdad es que tiene todo el bullicio y el color de cualquier urbe india, y bastante menos pobreza de lo habitual. No aparecerá en ninguna guía como el destino turístico a visitar. Tal vez por eso tenga tanto encanto.







Mi última boda hindú (se ve que voy de enlace en enlace y tiro porque me toca; pues sí). Me hace mucha gracia la cara de susto de los novios. Están sentados en un templete y lo único que tienen que hacer es dar tres vueltas a un altarcillo doméstico y permanecer quietos mientras toda la familia les tira arroz. Las mujeres de la zona arriman el hombro y cocinan para cientos de personas del pueblo y para cualquiera que pase por allí, como es mi caso. En la última imagen, el inefable padre de la novia con su nieto. No hay imágenes de la comilona posterior, que es un sinfín de cotarreos, arroz, eructos y agua hirviente.







Había una imagen de la serpiente, que apareció por segunda vez, la cabrona, dibujando unas eses espantosas sobre el terreno. Pero era casi inapreciable y no quise darle más importancia de la que merece un reptil. Aun así, se la doy. Y con esto y un bizcocho… no sabremos el resultado de las últimas elecciones indias hasta mediados de mayo. Pero esto es un culebrón, y parece que el parlamento es un destino irrevocable para todo aquel con un gran historial de crímenes y violaciones. Por lo menos, no he oído que mataran a nadie en el pueblo durante la primera vuelta, lo que ya es un logro. Kerala se comporta. Salud.

Sergio. 20/04/09.

L. Makkam, Bhairavan, Shasthappan y otras chicas del montón.


He intentado recopilar nombres y mitos para acabar dándome con un canto en los dientes. Nadie se pone de acuerdo sobre quién es quién. Pequeños matices en el maquillaje y los detalles del vestido son definitivos, pero los píxeles imponen su indefinición sobre el mensaje final. De cualquier manera, disfrutad de un resumen fotográfico de tres meses de theyyam. Hay imágenes muy hermosas.















Sergio. 19/04/09.

XLIX. “Mis Kalashnikov” es un coñazo.


Últimas noticias polesas: Sergio, tu blog es un coñazo. Se lo consulté a Ismael inmediatamente. Éste, por su parte, estaba muy decepcionado consigo mismo. Dijo que sólo sabía escribir sobre sexo, vómitos y esputos. Yo le dije, claro, ¿cuándo has escrito sobre otra cosa? Ése eres tú. Estas declaraciones no le subieron los ánimos, la verdad. Hablamos sobre la longitud de los artículos y el contenido de los mismos. Como siempre que queremos llegar a alguna conclusión, acabamos desviándonos. Ismael se puso cachondo y se encerró en el baño. No puedo contar con él para las decisiones importantes, de momento. Así que he decidido por los dos y nuestras nuevas aventuras van a ser breves. Pequeños vistazos. La otra cara de la moneda es que cada vez van a tener menos sentido. Me parece un trato razonable.

El otro día celebramos Vishu. Viene a ser como el año nuevo hindú, o eso quise entender. Los habitantes de Kerala encienden bengalas y tiran petardos durante toda la noche sin cansarse. Luego se levantan a las cuatro de la mañana, rezan a Krishna y siguen lanzando petardos. Uno de ellos me dejó sordo durante una hora. Vishu era un niño que jugaba con una encarnación de Krishna. Como todos aquellos que juegan con un dios, nadie le creía cuando lo contaba. Un día, su madre le pilló zarandeando una cadena de oro, se la quitó y la lanzó al aire. La cadena se enganchó en las ramas de un árbol y el árbol floreció de repente, afirmando el milagro. La madre se arrepintió de su incredulidad al ver al dios de piel azul revoloteando sobre su cabeza. A día de hoy, Vishu es honrado con petardos y alcohol a raudales. Como dicen los indios, es un día de full enjoy. Por mi parte, presencié alguna escena bastante patética y degradante. Luego me fui a casa y decidí que el fin había llegado.


El 21 de abril me voy a Trivandrum y tal vez ya no vuelva a Adi Katalayi. No se lo he dicho a nadie todavía porque si ya es difícil concluir una conversación, imaginaos lo que puede ser concluir una estancia de tres meses. Intentaré encontrar un trabajo allí o donde sea. La geografía india es amplia. Más amplia todavía es la geografía mundial.

Por fin vi una serpiente. Contra todo pronóstico, no me asusté, y eso que apareció a pocos metros del porche de mi casa. El equilibrio difícil entre el asco y la belleza me dejaron bastante insensible. No sé si es cosa del calor atronador de abril pero, de repente, hay muchas serpientes. Creo que van a por las ratas, no a por mí. Por lo menos, esto no es el norte, en el que hay que dar toques en el suelo con un palo para no confundirlas con el follaje y no pisarlas. Mientras no las pises, no pasa nada. Qué animales tan terribles. Cuánto dramatismo encierran.

He traído a la India algunos de mis peores vicios, como intentar complacer a todo el mundo y no decepcionar a nadie. Ismael se ríe de mí, ¿cuándo te has preocupado por otra cosa que no sea gustar a los demás? Ése eres tú. Estas declaraciones, lúcidas a la par que inútiles, han tenido alguna que otra consecuencia positiva, tanto en mi guión, al que estoy muy lejos de dar por zanjado, como en otras cosas más banales. Desear y correr son una misma cosa. A ver si a fuerza de moverme un poco más corro un poco menos. ¿Tiene esto algún sentido? Espero que no. Ya lo advertí.

Un saludo muy especial a mi amiga La Mori. Disfruta mucho de esta nueva experiencia.

Sergio. 19/04/09.

XLVIII. El demonio.

¿Es posible que Dios no sea más que un sueño del demonio?
¿Un anhelo, tal vez?

Ismael. 19/04/09.