sábado, 10 de octubre de 2009

XCII. El Taj Mahal, la Gran Madre y el astrólogo de Goldie Hawn.



Con un título tan apretadito parece que éste va a ser un post de emociones fuertes, aunque la última semana ha sido, más que nada, desconcertante.


Abandoné Delhi de milagro; la providencia quiso que me despertase una hora antes de que saliese el tren. El Taj Express me llevaría hasta Agra, esa ciudad cuyo nombre evoca olores estimulantes, ricos tejidos en seda y campanillas orientales. Tal vez quede algo de ese Agra. Para algunos, el Taj Mahal es precisamente ese algo, aunque no puedo evitar que el monumento indio por antonomasia me repatee. El barrio donde dormían los sufridos obreros que ayudaron a levantar el Taj todavía sigue en pie (es un decir); se llama Taj Ganj, y todos los mochileros como yo se agrupan entre esas callejuelas atestadas de picaresca y ciclorickshaws. Para ser un enclave turístico, es insólito que los extranjeros no salgan de una sola calle, como si la hubieran acordonado. Eso significa que la vida popular permanece casi incontaminada, lo que es un placer cuando el sol va cayendo, a eso de las cinco de la tarde, y la gente se relaja y mira con sus ojos de búho y los saris parecen levitar y algunos adultos prematuros salen a la calle descalzos con un lungi violeta a la cintura y una bandeja de dulces sobre la mano derecha. Y los niños practican su inglés. Y las fachadas pintadas de verde fosforescente sobrecogen. Y el mismo diálogo una vez, y otra, y otra…


Hello, my friend…

Namaste, bhaba…

Where are you from?

Spain.

Oh, nice country. Which place in Spain? Barcelona? (Lo siento por Madrid; Barcelona es la verdadera capital internacional).

No. You don’t know the place.

Why?

I’m from a small village. You don’t know the name.

Which place?

Pola de Siero. Do you know Pola de Siero?

No, sir… How do you like Agra?

You are the twentieth person who asks me that. You don’t know how annoying it can be.

Yes, I know.

Good for you.

Pashmina, rickshaw, camel, beer, hash, opium?


… y otra, y otra… hasta que a veces te encuentras a ti mismo con unos deseos bastante violentos en mente. Uttar Pradesh es un estado muy conflictivo, y gran parte de la mala fama que acuña este país viene del turismo mal concebido de algunos de sus lugareños. Lo curioso es que yo me acabé riendo bastante en Agra, gracias a los niños, sobre todo, y también a algunos saludos y miradas que te golpean el pecho. Sólo tenía pensado quedarme una noche para ver el Taj desde la azotea del hostal, ya que coincidía con la primera luna llena post-monzón. Pues bien, el cambio climático quiso que el monzón no terminase todavía, y nada más llegar a Agra se abrió la caja de los truenos. Dado que caían y caían goterones sin descanso, éste fue mi plan B:


a) Comerme un huevo muy grande y muy rebozado.

b) Jugar con un gato.

c) Ayudar a un viejo a subir su ciclorickshaw por una cuesta.

d) Confundir a un rubio con Mark Pellegrino (Jacob en ‘Lost’). Hice un poco el tonto hasta cerciorarme de que no era él.

e) Estudiar las posibilidades de que el cielo se abriese por arte de magia.

f) Dormir.


Me olvido. Sí que visité el Fuerte Rojo, infinitamente mejor que el de Delhi. En él vivió casi toda la dinastía mogola, desde Babur hasta el cretino de Aurangzeb (que encerró a su padre Sha Jahan en el ala sur del palacio cuando le arrebató el poder) y el rico contraste entre la piedra arenisca roja y el mármol blanco es un perfecto reflejo del cambio generacional en una familia de tal envergadura. Las mezquitas privadas se alternan con los patios de recreo, los miradores y las estancias para las audiencias públicas y privadas, puede que las más bellas de todo el recinto. La lluvia le dio un tono melancólico y casi cotidiano a la visita, como si fuera más fácil imaginarse la vida de Akbar y su prole con aquel clima sombrío de fondo. Muchas parejas se escondían bajo los arcos más oscuros para tocarse un poco las manitas y acercar un pelín las naricitas. Muy monos ellos. No se dan cuenta (o sí) de que antepasados suyos como Jahangir hacían lo mismo, pero en público, bañándose en una especie de tazón gigantesco de mármol con escalones externos, donde le aguardaba lo más selecto de su harem. El tazón del que hablo está expuesto, y las señoronas que pasan por allí prefieren imaginarse un uso alternativo para tan curioso objeto.


Entrar al Taj cuesta setecientas cincuenta rupias, y la cola es desesperante. Fue una razón más para conformarme con la vista de la azotea. Al día siguiente ya estaba cogiendo otro tren hasta Jhansi y, desde allí, un autobús local a Khajuraho. Para lo tonto que soy, he de decir que me defendí muy bien de toda la gente que me quiso engañar a lo largo del trayecto, y mira que lo hicieron muy bien y con mucha insistencia. Fue una lucha larga e igualada, y es justo reconocerlo. La lluvia seguía cayendo y un nuevo estado con idéntico apellido, Madhya Pradesh, nos abría sus puertas. La naturaleza era rocosa y exuberante y me recordaba a las praderas que recorría Shere Khan al final de ‘El libro de la selva’.


Khajuraho, antaño sede cultural de la dinastía Chandela, fue un jarro de agua fría. La culpa no la tienen los templos ni sus magníficas esculturas picantes, posiblemente de las mejores que se puedan encontrar en India. Fue el clima, la pesadísima humedad, el traqueteo en la cabeza, un ligero exceso de cafeína y una propensión anti-natural a exprimir los días como limones. Así fue que me creé una paranoia a tenor de haber visitado los templos de derecha a izquierda, y no al revés, tal y como las leyes del buen ‘karma’ exigen. Creo que los dioses se vengaron de mí, pero yo sólo quería evitar hordas de turistas, no desairarles. Sea como fuere, no me permitieron una visita antológica, y yo tenía muchas expectativas como gran amante de la iconografía erótica que soy. Khajuraho ya era un lugar mítico cuando estudiaba estos templos en mis clases magistrales de ‘Arte Indio’. Pero nada sale según lo previsto, desde luego. Quedan en mi memoria algunas imágenes hermosas de mujeres encaramadas a los sikharas, diosas o humanas, enseñando con lascivia sus culos o mirándose al espejo; también la célebre orgía del altar de Vishnu, con la erosionada escena de bestialismo entre un varón muy bien dotado y su caballo; o ese gran polvazo acrobático que echan otros dos jóvenes mientras la dama y el caballero que los enmarcan se masturban con una actitud casi imposible de concebir en piedra. Me vienen preguntas a la cabeza. Si los Chandela eran tan liberales, ¿por qué se preocuparon por esculpir mujeres que se tapan los ojos, asustadas ante el frenesí sexual de sus compañeros de escena? Eso quiere decir que la iluminación tántrica no era, tal vez, la práctica establecida. Más que tratarse de un grabado literal acerca de las costumbres de la época, yo creo que es más bien una paja monumental, aislada, rebelde, dispuesta a suscitar iras y a conducir los sueños de aquellos que la contemplan. Amparados en el poder, la corte de los Chandela construyó su loable pero excéntrica Sodoma en un escondrijo insospechado de la selva (todavía hoy es bastante inaccesible), y su misterio, algo devaluado con el marco turístico, reverbera en quien tiene tiempo y ánimo para dejarse seducir.





Khajuraho no me quiso demasiado. Agarré el transporte público una vez más hasta Mahoba y, tras cuatro horas de pampampamcranchplonkpam y mucha diversión viendo los ojos legañosos de los niños, me apeé en un andén ferroviario donde esperaría el tren nocturno a Varanasi… la Benarés de toda la vida. Y aquí estoy. Traka de ciudad. No me va a ser muy fácil hablar de ella, y de hecho creo que lo haré de una forma indirecta. Todos habéis visto fotografías o documentales de los ghats, y verlo en persona no supone una revelación especial, más bien la confirmación de que la vida en esos peldaños imponentes no es más que una coreografía mecánica y muy poco higiénica. Eso sí, muy colorida, como todo en India. Varanasi se aglutina con obstinación a las orillas de la Gran Madre Ganga para luego desparramarse escaleras abajo. Para un lugar tan visual como Varanasi, escuchar con los ojos cerrados es un buen ejercicio: motores en el río, cánticos lejanos, perros, la ropa contra la madera, alguien discute, un pedo largo y con sordina, campanas, remos que vienen a encallar al muelle… Luego abres los ojos y no sabes por dónde empezar: las fachadas descoloridas, con una historia distinta en cada capa superpuesta… los escalones por los que bajan aguas fecales y cabras perdidas… las mangueras a presión intentando desatascar la capa de tierra / mierda / arena que bloquea los peldaños inferiores… los santones, las santonas, y su alma tan frágil y desnuda como una llama… los ghats crematorios donde el cadáver abraza la madera que su casta le permite, y el fuego calcina su cuerpo, sea joven o viejo… los hostales ennegrecidos por el humo de las piras funerarias, donde van los moribundos a pasar sus últimas noches antes de disolverse en la Gran Madre… las vacas y los toros gigantescos, haciendo de las callejuelas un lugar aún más irreal y fabuloso… la policía corrupta, bloqueando pasos y robando cigarrillos… la sinfonía del dinero y la devoción, a menudo la misma… Varanasi siempre erecta como el lingham de Siva sobre las aguas nauseabundas y sagradas…



Me alojo en el Yogi Lodge, un lugar muy recomendable para una estancia breve en Varanasi, en cuya recepción se agolpan media docena de indios serviciales y cachondos. Preparan gran variedad de comidas de forma irregular, pero su bhang lassi (batido de marihuana) es excelente y me tuvo un día entero con una percepción muy brillante de la realidad. Los muchachos realizan pujas en la recepción, así que no siempre es posible que te atiendan, pero eso es lo de menos, porque tampoco son de los que se hacen necesitar. Cuando no estoy en mi cuarto escribiendo cosas como ésta, paseo por los callejones y me encuentro con gente como Atul, que tiene un año menos que yo pero que aparenta al menos diez más. El chaval vende tablas y sitares en su tienda, aunque no le veo con mucha dedicación e intuyo que se ocupa, principalmente, en lo que viene y va, como gran parte de los indios. Yo era uno que venía de un ciber-café, y él vino en mi dirección y me invitó a un té (qué pareado tan majo). Me sorprende lo fácil que fue hablar con él y la franqueza con la que le conté gran parte de mi vida y cuitas actuales. Él necesitaba menos palabras para definir las suyas, pero su vida no ha sido, precisamente, una elección, empezando por su esposa e hija. Atul es un buen hindú y le gusta la gente que habla con corrección se preocupa por su ‘karma’. Cree que es mejor no reír ni llorar mucho, porque ambos estados de ánimo se equilibran y siempre vas a tener lo mismo de ambos. A lo mejor me enseña a hacer puja en el Ganges, pero no estoy seguro porque es un tío muy impredecible.


Atul: “a un indio sin dinero más le valdría estar muerto”.


También conocí a un profesor de astrología de cuyo nombre no puedo acordarme. Acomodados en su pequeño catre-estudio, el buen hombre me enseñó las fotos y mensajes que le habían escrito clientes satisfechos (una práctica muy habitual entre los hosteleros de Uttar Pradesh). Con sorpresa, me encontré unas palabras firmadas por Goldie Hawn, y una foto en la que la recluta benjamín aparecía muy desmejorada al lado del professor. Mucha gente en Varanasi conoce a Goldie Hawn, y a su hija. Qué cosas.


Goldie Hawn, con tino.



Miré al profesor y le dije: ‘hazme mi carta astrológica o como quiera que se llame eso que haces’ y el tío me hizo una lista larga de cosas que sabía hacer y precios, y yo le atajé, ‘lo más barato, bhaba’. El profesor me cogió la mano, miró mis rayas y vio que no mentía. ‘Sé que no puedes gastar dinero, te leeré el pasado y el futuro igualmente’, lo que quería decir, en realidad, que me haría un precio. Ya puestos, me lancé a ver qué pasaba. Los hindúes creen mucho en estas cosas, y les gusta saber su destino porque, aunque no pueden cambiar nada de él, sí que pueden graduar un poco algunos hechos determinantes, porque para ellos el karma es un sesenta por ciento y la suerte un cuarenta. Por ejemplo, si vas a tener un accidente porque Brahma lo dice, está escrito. Pero puedes hacer que el accidente tenga repercusiones menos graves a través de una buena meditación y una limpieza espiritual pertinente. Es decir, que puedes buscar tu buena fortuna a través de la astrología, porque ésta te dice lo que te va a pasar y cómo puedes hacer que sea menos negativo o más positivo. A mí me parece más bien una especie de soborno al destino (‘Soborno al destino’, ¡qué pedazo de título!), pero lo respeto. Atul ya me había contado muchas historias sobre el destino y sobre cómo algunos hombres malos que adoran la parte oscura de Siva son capaces de controlar el alma de la gente. Hay muchas leyendas sobre magia negra en las calles de Varanasi.


- LA PARTE EN LA QUE A SERGIO LE LEE LA MANO EL ASTRÓLOGO DE GOLDIE HAWN.


Veo en tu mano que eres una persona muy independiente.


No era muy difícil de adivinar.


Eres un hombre romántico. No quiero decir homosexual. Sólo que tienes una parte femenina muy importante, una parte romántica. Pero no te preocupes. He visto dentro de ti, y no eres homosexual, ni bisexual, sólo romántico.


¡JA, JA, JA, JA!

En este momento tenía dos opciones: o no creerme ya más nada, o creérmelo todo. La razón para esto último es que un hindú estricto como él nunca reconocería a un homosexual como tal.


No has tenido suerte en el amor. Tuviste una novia, pero eso no funcionó.


Aceptamos barco.


Pero te casarás en el 2013. Con una extranjera.


¿Ah, sí? Es un poco pronto para mí, pero no voy a decirle que no al amor de mi vida, porque ya puestos en que soy un chico romántico… ¡Oh, maldición! Pero si el mundo termina en diciembre del 2012.


Tendrás un hijo. Sólo uno, no aspires a más.


Es la única cosa que hubiese pedido que me explicara. Curiosamente, me hizo bastante feliz.


Dejarás de trabajar a los 67 años y podrás ocuparte de tu familia y tus nietos.


¡Nietos!


Morirás a los 83 años.


No es una mala edad. Algo menos de eso me hubiera parecido un robo, la verdad. Ahora, si hubiese leído en mi mano que me iba a morir el año que viene, ¿me lo hubiera dicho? Al fin y al cabo, los ochenta y tres es una edad muy diplomática, como para contentar al personal.


Veo en tu mano que sois cuatro en tu familia, y os lleváis bien.


Dijo alguna cosa más de mi familia, la única que realmente me sorprendió, y la única que nadie podría haberle dicho o que dificílmente podría haber adivinado .


Te dedicas al arte, a la parte creativa de la vida. Pero no vives de ello actualmente. A partir del 2010 tendrás un trabajo más fijo. Pero siempre será en países distintos. Nunca trabajarás en España, al menos no por mucho tiempo.


La idea me agrada. El caso es que me ponía nervioso que sacase estos temas… A ver, las cosas del amor son cotarreras, pero las cosas laborales me las tomo más en serio, aunque sólo sea por esa inseguridad que trato de vencer.


Podrías tener éxito, pero tienes a Saturno mal alineado.


Jodido Saturno. El buen hombre se ofreció a hacerme un talismán tras tres días de meditación, pero rechacé la prohibitiva oferta. Otra alternativa era hacer más yoga o abrir un centro de meditación en España (¡!). Sin embargo, me dijo que no me apresurase a la hora de abrir mis chakras. Prisa no tengo. Si ni siquiera sé nada de yoga. Por no saber, no sé ni respirar, y mira que mi madre me lo tiene dicho.


Toda tu vida girará en torno a la religión. Serás una persona muy religiosa, y gran parte de tu trabajo tendrá que ver con la religión.


Hombre, si la cosa sigue así, no veo por qué no.


¿Alguna pregunta?

No sé, no… Creo que no.


Pues claro que no. Si en el fondo no quería saber mi futuro, sólo quería ver qué espiritualidades me hacía el hombre. Fue una experiencia corta y fría, y no me quedé nada rayado porque vi claramente dónde estaba su negocio. Hubo cosas curiosas, no obstante, que aparcaré en el cajón de las magias cotidianas.


Uno de los "ghats" crematorios de Varanasi:

madera y agua para los que se han ido.



Varanasi despide un día más y yo me siento en la penumbra de un ghat cualquiera. Estoy algo agitado. Veo lo precaria que es la llama de la ofrenda, flotando río arriba, y no puedo dejar de ver las velas como un reflejo móvil del firmamento sobre las aguas del Ganges. Pienso: mi gran problema es la ansiedad, desde siempre. Y que le pido demasiadas cosas a la vida cuando, tal vez, tengamos una idea demasiado elevada de lo que es la vida. No es de extrañar, puesto que un día moriremos y minutos antes seguiremos sin saber si nos recibirán o no al otro lado. Por eso queremos que nuestra vida sea inolvidable (y eso que nosotros seremos los primeros en olvidarla). Ahora veo que toda la mierda del ‘carpe diem’ es un comecocos, como echarle un pulso a la muerte con una doctrina que sólo genera tensión con el presente, y por lo tanto frustración. ¿Y si la vida no es para tanto? A lo mejor sólo hay que estar… asearse de vez en cuando para no oler mal… hacer lo que a uno le gusta… no morirse de hambre en la medida de lo posible… dormir poco y bien… y quererlo todo y a todos porque es lo más sencillo, y tal vez la vida, después de todo, sea sencilla. Imagínate.


Sergio. 10/10/09.

sábado, 3 de octubre de 2009

XCI. ‘Leh’ rima con ‘jejeje’ y con ‘acto de fe’.



Hola amigos. En anteriores episodios de ‘Miss Kalashnikov’:

- “¿Quién no echa de menos que le dén un abrazo de vez en cuando?”
- “El curso terminó, al menos para mí.”
- “Y después de muchas horas de extravagancia natural, de ésta que te hace sentir realmente insignificante, llegamos a Leh. Me uní a Adam en la búsqueda de una casa de huéspedes donde dormir…”

…y a la mañana siguiente le invité a inspeccionar conmigo ese inesperado pueblo llamado Leh. Era la primera vez en mucho tiempo que hacía algo con alguien, y me notaba desentrenado. Cada vez que quería tomar una dirección y no otra, miraba a Adam con gesto de culpabilidad. A él le pasaba un poco lo mismo. La verdad es que nos dimos cuenta enseguida de que no disfrutábamos mucho el uno del otro. Puede que yo tenga un carácter hosco, acrecentado por la soledad plena que he experimentado este año, pero la verdad es que me veo a mí mismo con un ardil que te cagas, así que a lo mejor no debo rayarme por esas cosas. Adam decidió volver a su cuarto y yo al mío, y ya no volveríamos a intentar hacer nada juntos. Duraron poco mis horas en compañía.

Leh me sirvió para introducirme en un mundo que apenas conocía, el del budismo tántrico del Himalaya. Me lo tomé con calma, puesto que todavía sufría un poco del mal de altura y me costaba respirar cuando iba por el casco antiguo calle arriba y calle abajo. Al día siguiente, no obstante, empezaría mi obstinada búsqueda del mejor monasterio. Se pueden tomar, por norma general, dos vías a la hora de visitar un enclave inaccesible: la fácil y la difícil. La fácil es tan fácil como alquilar un taxi por un día, lo cual no suele costar una cifra desorbitada en este país. La difícil es la que hice yo, la que siempre hago. Para ir al Hemis Gompa, cuarenta kilómetros al sur de Leh, debía coger un autobús, de ésos que salen de la estación sólo cuando están llenos, y luego tomar un desvío por mi propia cuenta. Ese desvío de unos cuantos kilómetros me lo hice andando a través de un desierto. Enseguida empecé a ver que aquello no era lo más cómodo, aunque sí resultaba incuestionablemente barato. Cuando llegué al monasterio de marras estaba exhausto, gracias a lo cual me dejé fascinar como un tonto por los colorines del patio interior y por las ruedas del dharma pintadas a la entrada de la sala de oraciones. Aún así, no fue suficiente; dicho mal y pronto, ‘no tenía el chichi para farolillos’. Menos mal que una francesa me invitó a comer porque le recordaba a su hijo. Me invitó a varias cosas, pero yo no me sentí culpable ya que, según sus palabras, ‘me vine a Leh porque no soportaba la atmósfera de París’. Vamos, una tía con pasta. Después de hablar de varias cosas muy francesas, nos despedimos. Ella se fue en jeep con su conductor ladakhi y su amiga lesbiana y yo me volví a través del desierto, que es lo mío. Por supuesto, intentando encontrar el camino más corto me perdí unas cuantas veces. No todo el mundo puede perderse en la falda del Himalaya. Es un buen cotarro, y no me quejo.

El vertiginoso e irreal 'Thiksey Gompa'.

Con esta tontuna perdí casi todo el día. Cuando llegué al sobrecogedor Thiksey Gompa estaba más preocupado por encontrar una celda en la que pasar la noche. Como vi que para ello tenía que desplazar a dos pobres campesinos de su alojamiento, volví a coger otro autobús hasta el pueblo de al lado y, ya casi de noche, me introduje en una casa de huéspedes muy raruna mendigando un cuartito para dormir o un puñado de paja, como en los cuentos medievales. La patrona fue bastante maja, ya que me dejó dormir en su alcoba, una maravillosa y cálida habitación con accesorios de abuela y vestidos típicos colgados de la pared. El viento movía los árboles amarillos que se yerguen a orillas del Indo, y yo intentaba pensar en mis historias antes de caer dormido. Como siempre, caí dormido antes de llegar a una conclusión impactante.

Me levanté al alba para unirme a la puja matutina en el monasterio de al lado, en el que sólo vivían un par de monjes y una especie de conserje loco encargado de dispersar incienso con una sartén. Fui muy majo y dejé una generosa donación para tan maltrecho y hermoso monasterio, pero nadie me invitó a un té (aunque no lo parezca, es lo suyo por aquí). Supongo que debo abandonar esa estúpida tendencia de esperar algo a cambio, o si no sufriré severas decepciones. El monje jefe recitó todos los sutras delante de una efigie grandiosa de Buddha, y yo cerré los ojos para intentar poner ese sonido enloquecedor en las imágenes de alguna película. Luego me deleité con las impagables vistas del valle del Indo, puesto que todos los monasterios están situados en lo alto de un peñasco. Respiré y respiré y aunque intenté no abarcar mucho, mi impaciencia me pudo y seguí buscando más monasterios a contrarreloj. Suerte que fui al Phyang Gompa, porque allí descubrí uno de los exponentes más lúgubres y carniceros del tantrismo, con pinturas murales absolutamente desconcertantes, buitres disecados colgados del techo, escopetas y machetes de guerra maniatados a los pilares de la sala de oraciones y, al fondo, esculturas iracundas con el rostro tapado por un velo como medida de protección. Increíble. El monje que había por allí no sabía contestar mis preguntas al respecto del sadismo de algunas de las imágenes allí expuestas (demonios cercenando hombres a golpe de sierra, perros comiéndose carne humana, dioses terribles follando y aniquilando al mismo tiempo a otros dioses) y su conexión con la doctrina de Buddha. Supongo que todo está relacionado con la religión animista de la que parte toda la escuela tántrica (la llamada Bön) y con la peculiar aridez de la geografía del Himalaya, espacio proclive a las soluciones extremas, tanto plásticas como de cualquier otra índole. Al parecer, la representación exacerbada del mal ahuyenta al propio mal y lo purifica. Es como si para conquistar el nirvana, la iluminación o el bien tuviéramos que agotar toda nuestra predisposición para hacer el mal. Es una ideología oscura y con muchas interpretaciones, de la que yo he cogido lo que más me ha interesado. Los budistas creen en el Buddha del futuro, o Maitreya, el que todavía está por venir y nos salvará a todos. Con la imagen de este profético salvador abandoné el monasterio, apresurado por un monje que no hacía más que cerrarme todas las puertas. Aquí sí que me dieron té, pero estaba salado.

Phyang es un valle muy fértil en un rincón de ese altísimo desierto que es Ladakh. El paisaje inhóspito y los rostros de la gente que viven por esos lares me han cautivado tanto como lo hizo Kerala o el Pequeño Rann de Kutchch. Leh, por su parte, a pesar de ser la capital no deja de parecer y de ser un pueblo grande, atestado de comercios turísticos pero también con el encanto rural de la zona. Las casas tradicionales de adobe son maravillosas, y la zona norte de la ciudad, libre de la presencia militar y de las británicas sonrosadas, depara muchas sorpresas, entre ellas el stupa más conmovedor que he visto nunca (ni siquiera los del valle de Kathmandú), en un recinto de stupas más pequeños que, al atardecer, se contagiaba de una magia asombrosa que ojalá pudiera reproducir con palabras. Hay fachadas, pasadizos, campos de labranza, bosques, senderos y vistas panorámicas con picos nevados a cada paso que das por Leh, sorprendente y silenciosa Leh, astutamente escondida del mundo. De noche, bebí cerveza y vi el partido de cricket India vs. Australia (¡qué paradoja!). Justo cuando quedaba un solo punto por batir y una sola tirada para la resolución final, se nos fue la corriente. Cosas que pasan.

El mejor 'stupa' del mundo, 'Gomang',
escondido en un callejón de Leh.


Para volver a Delhi tuve que coger un avión. Es la primera vez que hago un vuelo interno por India; no es muy caro y, al menos por una vez, podía y quería permitírmelo. El aeropuerto de Leh tiene cacheos de seguridad por cada metro andado, pero es pequeño y encantador. Como os podéis imaginar, las vistas desde el avión son únicas: a un lado ves la franja oriental del Himalaya, hasta donde la vista alcance; al otro, la franja que va más allá de la frontera con Pakistán, al final de la cual se puede contemplar con asombro la turbia efigie del K-2. Para ser un vuelo de una hora, da mucho de sí, y el desayuno vegetariano es la pera.

Ahora escribo esto en Delhi, desde la azotea de la que ha sido mi residencia de verano. En menos de veinticuatro horas la abandonaré para hacer una larga vuelta a Kerala con muchas paradas intermedias. Me doy cuenta de que no voy a echar de menos a Mike, y tampoco a mis caseros. Así de sencillo. Es una razón añadida para dejar esta ciudad en la que ya he pasado bastante tiempo, y de la que me siguen quedando muchas cosas por ver que, a lo mejor, ya no veré. Me duele no haber conseguido entablar ninguna relación de amistad en esta ciudad. Volviendo al inicio del post, no sé si padezco algún problema de comunicación, o es que simplemente las cosas son así y uno sólo tiene que dejarse llevar. Sé que no me he forzado a hacer algo que no me apeteciera, y de eso no me arrepiento. Al fin y al cabo, amigos ya tengo, a pesar de la desoladora sección de comentarios de este blog (touché). Sé que algo inusual y nuevo está a la vuelta de la esquina, así que me despediré de Mike deseándole lo mejor, y me escabulliré en la sombra tal y como llegué a esta maloliente y salvaje Janakpuri.

Estamos en octubre y aquí los días también se hacen más cortos. Disfrutad de la mejor estación del año para pensar. Salud.

Sergio. 03/10/09.

XC. A través del espejo ( III ): Mathew Weiner / Vince Gilligan.



Con una instantánea del gran Michael Emerson recogiendo su merecido (aunque no por la quinta temporada) premio Emmy al mejor actor secundario de drama, abrimos un nuevo capítulo de nuestra saga televisiva, esta vez dedicado a las dos series emitidas por AMC que, casualidades de la vida, también han sido las dos series dramáticas más premiadas del año, dentro de un ajustadísimo reparto de galardones que no ha dejado la sensación de una clara favorita. Se trata de una buena atmósfera de cara al año que viene, en el que ‘Lost’ (esperemos) recogerá los frutos de seis años de ficción casi impecable.

Dicen que Mathew Weiner mostró en su día a David Chase (creador de ‘Los Soprano’) una idea para una serie de ficción, basada en la vida dentro de una agencia de publicidad de Madison Avenue a principios de la década de los sesenta. A Chase le pareció un punto de partida brillante y contrató a Weiner para escribir varios episodios de la quinta y sexta temporada de ‘Los Soprano’. A pesar de que el control creativo de Chase era férreo, ya se podían ver muchas de las cualidades de Weiner en estos capítulos, donde la soltura narrativa iba acompañada de un énfasis inusual en el retrato psicólogico, a menudo anteponiéndolo a la línea de acción. Inmediatamente después del final de esta serie, Weiner se puso a trabajar en la suya propia y consiguió un discreto estreno que, gracias al boca a boca, se acabaría confirmando como la revelación del año: ‘Mad men’. ¿Qué es lo que tiene esta serie, entonces? Lo que a Chase le pareció brillante sobre el papel no es un punto de partida que le haga a uno rasgarse las vestiduras. Y lo que es más curioso, el producto final ni siquiera es una serie que contente a todo el mundo, sino más bien a una selecta minoría que paladea imágenes y sonidos como si fueran vinos de reserva. El éxito de crítica de ‘Mad men’ es tan sorprendente que me pregunto si no tendrá que ver con su ropaje de producto académico, conservador, bonito de ver. A favor de Weiner, hay que decir que su serie no es nada de eso. En su contra, ‘Mad men’ se gusta tanto a sí misma que ya no parece apostar por el factor decisivo de la sorpresa. Y todos sabemos lo mucho que los académicos detestan sorprenderse.

Weiner, guionista acreditado de casi todos los episodios de su serie, ha construido un universo hermético compuesto por las oficinas de Sterling & Cooper y la vivienda suburbial de Donald Draper, un personaje deudor del porte irónico de William Holden. Por estos despachos y habitaciones pululan una serie de personajes ambiciosos e insatisfechos, pero ninguno de ellos hace partícipe al resto de sus traumas internos. Lo que da carácter de ‘nueva ola’ a ‘Mad men’ es su dibujo aislacionista del individuo, su reducción del conflicto a los niveles más básicos y anodinos de comunicación, y su perfecta conexión con el tiempo retratado, a nivel social, económico e intelectual. Mucha gente la comparó en su día con la española ‘Cuéntame…’, aunque no se parecen en nada. La interacción de los personajes con hechos históricos por todos conocidos (la victoria de Kennedy sobre Nixon, la crisis de los misiles de Cuba) es sólo parcialmente relevante, como en la producción de Televisión Española. Mientras que ésta se esfuerza por ser un culebrón bien hecho (y lo consigue), ‘Mad men’ se esfuerza en ser un estado de ánimo, una serie de variables de conducta examinadas con la frialdad de un psiquiatra, una historia que se avergüenza de ser historia, puesto que el énfasis está puesto en la observación minuciosa - minimalista de los personajes. En la práctica, esta noble tendencia se atasca a la hora de poner en juego un desarrollo, para lo cual se necesitan cambios y adaptaciones, más cambios y más adaptaciones… etc. Ahora que la AMC está emitiendo la tercera temporada de la serie, vemos cómo algunas de las personalidades más fascinantes de ‘Mad men’ se quedan atrapadas en tramas que ya creíamos superadas, como le pasa a la pobre Betty Draper, interpretada con maestría por January Jones, o al tremendamente antipático Pete Campbell, y casi diría que también le toca lo suyo a mi protegida, Peggy Olson. De tan mínima que es, casi se podría decir que ya no sucede nada de nada, y que el espectador de ‘Mad men’ sólo ve la serie por el sello de estilo de Mathew Weiner y por su conexión emocional con los personajes, bien sedimentada después de una primera temporada apabullantemente buena.

Betty, Joan y Peggy; ellas son el alma de 'Mad men'.



Además, ‘Mad men’ copia algunos defectos de ‘Los Soprano’, como la presencia de un protagonista indiscutible que acapara casi todas las tramas y planos y líneas de diálogo. Aunque Jon Hamm es todo un figurín y un actor extraordinario, todavía no llega a la complejidad de Tony Soprano, y aun así la omnipresencia de Tony se hacía bastante cargante. Mi opinión personal es que las mujeres de ‘Mad men’ tienen un universo interno mucho más rico y personal, y sus historias son las más interesantes. Sin embargo, todo pasa por el jefazo Draper, al menos de momento. El último episodio emitido dio un ligero volantazo a los acontecimientos y, de seguir así, a lo mejor Weiner consigue salvar también esta temporada, tal y como hizo con la segunda. De momento, es casi de rigor reconocer el mérito de ‘Mad men’ y su peculiar enganche con la audiencia a la que pretende fidelizar. Yo soy bastante fan, pero a veces Weiner me resulta un poco repetitivo y pedante. Si no fuera por esos actores y por esas mujeres, tal vez ya la habría dejado de ver.

Este año, ‘Mad men’ sólo consiguió tres premios Emmy (mejor serie, mejor guión, mejor peluquería), sólo uno más que ‘Breaking bad’ (mejor actor protagonista y mejor montaje, las mismas estatuillas que se llevó el año pasado). La serie de Vince Gilligan, además de ser bastante mejor que la de Weiner, es la auténtica apuesta actual por una ficción de culto, especialmente en el aspecto formal. Al ser más cruda y más directa que su compañera de la AMC, la crítica habla menos de ella, pero es difícil encontrar a alguien que la haya visto y no sea un entusiasta de las aventuras de Walter White y Jesse Pinkman.

Gilligan es un tío que delega bastante más que Weiner y Chase, lo cual puede llegar a enriquecer una serie hasta el punto de dejarla respirar, algo que no siempre sucede en la claustrofóbica ‘Mad men’. Cada episodio de ‘Breaking bad’ es un mundo; sus guionistas y técnicos se centran en un aspecto de la trama y crean una atmósfera acorde, consecuente, irrepetible. El defecto de la serie de Gilligan es también su mayor virtud, y es que el tráfico de drogas ya dejó de ser original en cualquier formato de ficción hace muchos años, a pesar de lo cual ‘Breaking bad’ consigue evitar los sermoneos fáciles para centrarse en la camaradería de dos sujetos improbables y en la deconstrucción de una familia media. No hablé mucho en su día de Skyler, la mujer del protagonista, interpretada con un naturalismo incómodo por Anna Gunn. El personaje menos atractivo de la serie, al menos aparentemente, resulta ser el mejor ejemplo de los logros de Gilligan como narrador: su capacidad para quedarse en la tierra, evitando los arquetipos familiares y enfrentándonos con hombres y mujeres de carne y hueso que no tienen por qué gustarnos ni seducirnos con excentricidades pomposas. Por si fuera poco, ‘Breaking bad’ ha conseguido destrozarnos el corazón con los dos momentos más violentos (emocionalmente hablando) del año: la desesperada escena sexual entre Walter y Skyler que da comienzo a la segunda temporada, y la maravillosa secuencia del tequila en la piscina, de la que no diré mucho más porque es digna de verse y cualquier intento mío por acercarme a ella a través de la escritura sería torpe e inútil. Vince Gilligan es muy grande. No veo la hora de que comience la tercera temporada.

Anna Gunn es la muy cotidiana 'Skyler'.





Para concluir, diré que este año pude ver por primera vez los premios Emmy en un canal indio. La gala es un coñazo que se deja ver sólo por la calidad de las series que concurren a ella. La alfombra roja es todavía peor, una sucesión de zorritas mal vestidas sólo dignificadas por la calva de Terry O’Quinn. Los mejores momentos del show son aquellos en los que unos lanzan puyas veladas a otros y las caras de póker se alternan con las risas nerviosas. Me alegro por Emerson y su Benjamin Linus, por el inefable Bryan Cranston de ‘Breaking bad’ y por el reparto salomónico de premios, del que no se beneficiaron ni ‘House’ ni ‘Dexter’. Me apena que Elisabeth Moss vaya a ser una segundona en estos premios, al igual que Aaron Paul, ambos víctimas de su precocidad, pero los premios son así de ridículos y graciosos. En próximas entregas nos tocará hablar de clásicos, ya que cada vez estamos más cerca de mis dos obras maestras predilectas: ‘Lost’ y ‘The Wire’. Hasta entonces, manteneos fuera del alcance de los niños.

Sergio. 03/10/09.

lunes, 28 de septiembre de 2009

LXXXIX. Frío.


El curso terminó, al menos para mí. Así pues, me dispongo a narrar el porqué del frío en el que me veo sumido con todo el tino del que pueda disponer en estos momentos, que es mucho, porque la verdad es que últimamente me asusto de mi propio tino. Hombre ya.


Administré bien mi energía para salir de Delhi y, algunas horas después, ya estaba en Rishikesh, un lugar bastante menos hippie de lo que pensaba (tal vez porque todavía no estamos en temporada alta). El río Ganges, o la Madre Ganga, nace un poco más al norte de este pueblo sagradísimo lleno de vacas y peregrinos muy genuinos con gafas de sol. Al parecer, a Ganga no le molesta que los turistas hagan rafting en sus aguas. A mí no me interesan mucho las lanchas desde que vi ‘Río salvaje’, con Meryl Streep y Kevin Bacon, así que me dediqué a pasear y a oler la marihuana silvestre. Bueno, uno puede pasear entre los dos puentes que componen Rishikesh, y poco más. Si no te interesa el yoga, ni el reiki, ni un montón de cosas más que se pronuncian igual que reiki, estás un poco vendido en este pueblo.


Me alojé por primera vez en un ashram, que viene a ser un centro de meditación donde alinear tus chakras y mortificar tu cuerpo en celdas espartanas. Es difícil encontrar uno que no pretenda hacer negocio contigo, y éste no era una excepción, pero ya me he vuelto muy firme en lo que a temas monetarios se refiere así que me dejan en paz enseguida. En este ashram con vistas a la gris-azulada Ganga coincidí por segunda vez con las polesas de las que ya os hablé: Cris, Pili, Eva y Rocío. Mucho cotarro. Venían cargadas con cuatro sitares y una guitarra, más equipaje. No quiero imaginarme cómo se habrán desenvuelto con semejante percal en Delhi. En Rishikesh todo es mucho más fácil, así que enseguida nos pusimos a comer y a beber té con toda la tranquilidad del mundo (tan tranquilos que juntamos comida y cena). A la noche, vimos la ‘Ganga Aarti’, el alegre ritual en honor de la diosa que se celebra todos los días a las siete, mientras familias y santones hacen navegar sus velas corriente abajo (ver foto arriba). He de decir que mi cuerpo ha manifestado una subida considerable de testosterona, así que estuve más bien haciendo ‘punto diez’, lo cual no deja de ser ridículo, porque ¿quién hace ‘punto diez’ en un templo lleno de monjes, beatas arrobadas y turistas concienzados con el hinduismo? Un bobo como yo, sin duda. Pero el cuerpo es el cuerpo, y todo lo que surge de él es sabio (¿también todo lo que entra?; lo estoy pensando).


Después de mi segunda noche en Rishikesh, en la que vi el rostro de un demonio en la pared de una de las celdas del ashram (casi no duermo del susto), emprendí uno de los viajes más cansinos de mi vida en dirección al inhóspito norte. Para ello, tenía que salir de Dehra Dun, capital de Uttaranchal, para llegar, catorce horas después (que serían dieciséis) a Manali, gran centro turístico del norte de Himachal Pradesh, ya en plenos Himalayas. Lo que no sabía es que íbamos a hacer una parada intermedia en Chandigarh, lo cual pilla muy a desmano. Todavía hacía mucho calor por estos lares, así que el trayecto en autobús (nunca subestimes la decadencia del transporte público indio; siempre puede ser más destartalado de lo que te piensas) fue un tanto infernal, sucio y malo para los riñones. Si pasamos página rápidamente, nos encontraremos con que yo y un par de militares con sus respectivas kalashnikov nos tuvimos que cambiar de auto a las cuatro de la mañana, para llegar a Manali dos horas después. Ahora ya podía sentir el frío de la aurora, el humo benigno saliendo de las tazas de chai caliente, los gorros con orejeras y los ojos achinados de los autóctonos. Había llegado al norte, por fin.


Manali no es tan interesante como las colinas de los alrededores, así que no perdí mucho tiempo entre sus edificios impersonales y sus agencias de viajes. Me alojé en Vashisht, un pueblo con un interés que crece a partir de una primera impresión no muy buena (las tiendas de recuerdos siempre tiran para atrás, pero, ¿de qué va a vivir si no esta gente?). La casa de huéspedes fue una bendición, a pesar de dormir en el suelo y tener el baño en el quinto pino. La encargada me miraba siempre con mucha curiosidad y tuvo varias oportunidades para reírse de mí. La verdad es que hacía tiempo que no me sentía tan patoso para orientarme y organizar mis días, así que me fui directamente a los baños públicos para encontrar mi sentido común. El agua hirviente de estas termas de piedra es maravillosa para el cuerpo, si bien la mente tiene muchas oportunidades de distracción. Me recordó a los baños turcos, pero con más tino. Aquí posas tu calzoncillo mojado en el suelo y dejas que el chorro baje del surtidor de la pared hacia tu espalda húmeda. Te das buenas friegas y te enjabonas el sexo con discreción. Luego te aclaras y te vuelves a remojar en la piscina principal, que no es más que un cubículo de agua demoledoramente caliente. Lo mejor es que puedes ver las estrellas desde allí, y cotarrear con los aldeanos, si éstos se dejan o tienen ganas. Luego sales a la calle, respiras el aire frío (¡sí, aire frío, frío!) y amas a todo el mundo con tu sonrisa.


Supuestamente, a las pocas horas de llegar a Vashisht debía haber cogido un jeep en dirección a Leh, la capital de Ladakh. Pero me dormí. En mi defensa, diré que el jeep salía a las dos de la mañana. Pero es una defensa débil; la verdad es que estaba atontando y cansado. Tuve que pedir muchas disculpas al agente que me gestionó el billete y pagarlo otra vez, pero considerando lo mucho que me habría podido rayar con este percance estúpido, la verdad es que lo gestioné bastante bien, y mi segundo día en Vashisht tuvo tino porque seguí probando productos de la tierra que alteran la conciencia, seguí bañándome con niños y hombres de barriga imponente y seguí subiendo y bajando laderas hermosísimas mientras intentaba adivinar el final para una historia que tengo en mente. A la noche, la patrona me puso una peli de Godard en el cine particular que tiene en la planta baja de su casa. Así pude ver ‘Deux ou trois choses que je sais d’elle’, una película fascinante que compondría un buen díptico con ‘Bambi’. Cuando suceden este tipo de cosas inesperadas, lo único que puedes hacer es respirar muy hondo, como si con eso pudieras comprar la incorruptibilidad de un recuerdo.


'Deux ou trois choses que je sais d'elle'.


Esa noche ya no me dormiría. A eso de la una y media, una voz femenina empezó a chillar ‘Help me!’, como si la estuvieran asesinando. No sabía muy bien qué hacer, hasta que otros huéspedes salieron del albergue y se pusieron a disertar sobre la procedencia de los gritos, algo tan inútil como lo que había estado haciendo yo. Los gritos pararon. Si había que salvar a alguien, ya era demasiado tarde. Cuál sería mi sorpresa cuando una joven salió de la oscuridad y se sentó en las mismas escaleras en las que yo esperaba el jeep a Leh, junto a otro joven británico, Adam, un tímido ex – militar de ojos azules. La joven nos miró a los dos y luego al agente de viajes que, dentro de su tienda, hablaba por teléfono con nuestro conductor. Le pidió usar Internet. Acto seguido, se sacó un super porro del bolsillo y empezó a decirnos que nadie la había ayudado cuando se había torcido el tobillo en la ladera. Nos enseñó las piernas: ni una sola magulladura. Luego empezó a confundir unas realidades con otras hasta alejarse definitivamente de nuestro mundo. Sentí una mezcla de pena y envidia. No sentí pena de su viaje, evidentemente, sino de la gente que podría echarla de menos mientras ella, y esto es lo que activa mi envidia, se entrega por completo a otras sensaciones, a otros senderos de la vida que normalmente nunca se nos ocurre cruzar. Sé que nunca podría aprender las doctrinas de esta caída libre porque soy sensible al sufrimiento que eso podría ocasionar en la gente que me quiere. Lo que no quiere decir que mis actos fueran malos, ni mucho menos; serían una confirmación más de lo exigente que es la vida cuando quieres, REALMENTE, aprender de ella.


Tomemos aire. El trayecto a Leh. Me decidí a hacerlo por los comentarios efusivos de la Lonely Planet, que pasan un poco desapercibidos entre tanto adjetivo extremo y tantas recomendaciones acerca del mal de altura. Efectivamente, es difícil recorrer unos paisajes tan espectaculares como los de este viaje al corazón del sueño. En primer lugar, hay que decir que para llegar a Leh por tierra tienes que cruzar los puertos de montaña más altos del mundo, a cinco mil quinientos metros de altitud. Dicho lo cual, el lector se puede imaginar las diferencias de presión atmosférica, migrañas y fascinación que un viaje de veinticuatro horas puede deparar en el visitante. Los picos nevados y la flora colorida dan paso, poco a poco, a glaciares lejanos que circundan un gran desierto altísimo, surcado por formaciones rocosas indescriptibles, inexplicables. En mi libro de cabecera ’50 lugares insólitos’ se habla del valle de Hunza, al norte de Pakistán, un paraje cuyas fotografías se parecían mucho a la bella aridez de esta fracción anaranjada del Himalaya. Si nunca voy a Hunza, me quedo tan a gusto con este sustituto. A pesar de los dolores de cabeza intensos y casi asegurados que experimentaréis, no hay que dejar escapar esta oportunidad de cruzar la Gran Cordillera a motor, sobre todo si tenéis un conductor suicida al que le guste acercar las ruedas al borde de los desfiladeros. La vivencia de los dhabas (restaurantes) esparcidos por las cimas gélidas de montañas como el Rohtang La (literalmente, ‘montón de cadáveres’) y Taglang La, es impagable, desde las tiendas de lona en las que tumbarse y beber chai hasta el aspecto apátrida e impenetrable de los lugareños. Algunas lugareñas son muy jóvenes y cotarreras y hacen muchas bromas con los camioneros, bromas que seguramente se transformarán en otra cosa cuando llegue la noche y el frío ordene al hombre un contacto con la tercera fase.


Taglang La, verlo para creerlo.


Y después de muchas horas de extravagancia natural, de ésta que te hace sentir realmente insignificante, llegamos a Leh. Me uní a Adam en la búsqueda de una casa de huéspedes donde dormir, y eso es lo que he estado haciendo hasta ahora. No he visto casi nada del centro budista por antonomasia de India, además del único enclave del país bañado por el río Indo. De eso hablaremos en breve. Sólo decir que casi no queda un turista por estas calles a causa del FRÍO. Que la maravillosa patrona me prepara calderos de agua caliente por las mañanas y me mete albaricoques en la boca. Que Adam no tiene tanta fe en el contacto casual-visceral como yo, pero al menos es un chico tímido y callado. Y que, mientras sobrevivo a esta belleza sin volverme del todo loco, os echo de menos.


Sergio. 28/09/09.